martes, 2 de octubre de 2007

Variaciones en los pos(tres) para El Poeta de Cernuda

La edad tendrás entonces que él ahora
cuando en el tiempo de la siega y del reposo,
honores de un sosiego eterno que apacigua
—tu memoria, tu certeza, tu silencio—
algunos versos lleves a otras manos
para mostrar y hallar signo de vida.

Algo nos dirán, en el futuro, voces
ignoradas, descendientes de la palabra nuestra,
y las de extravagantes lenguas, cuyo acento
tentativas distantes nos revelan. Pues las cosas,
—la tierra, el mar, los árboles, la estrella—
eternas siempre permanecen.

Eternas y cambiantes, hasta que un día se omiten
de un plumazo en la expresión de estos poetas
—hijos o no de nuestra lengua, los más contemporáneos—
que infundan con nosotros,
por su obra, la sed, la incertidumbre
plena en todo el mundo visible e invisible.

Con dolor e irreverencia así aprendiste
que en torno el ser humano abjura de la imagen
misteriosa y divina de las cosas,
—y de ellos— a mirar inquieto, como
espejo múltiple, sin el cual la creación sería
vana hasta estallar su anhelo en los poetas.

Aquel tiempo vendrá, o tú vendrás,
mostrando una fiereza intemporal y antigua:
—adonde estarán ellos cuando tengas
la misma edad que hoy el Poeta tiene—
lo que tu sed recuerda y la suya busca,
habrás perdido entonces.


Escúchalo pues, que una palabra
amiga vale mucho
en esta soledad, en este breve espacio
de estar vivos, y nadie sino tú puede decirle:
—a aquel que te pregunta adónde y cómo vaga—
venga a estar en el origen de un mundo.

Para el poeta estar es lo bastante
e indiferente el crédito o aplauso hacia su entrega,
pues en él a cada instante se recrean,
—como uno son la tribu, el mito y la palabra—
las tres alegorías en tanto otro lugar dispersas:
la idea, el origen, y la voz.


Edel Morales
Lejos de la corriente