jueves, 4 de octubre de 2007

Márgenes

En las márgenes del río Máximo,
a la caída de la tarde,
hice que pasara el tiempo
—abstraído en la contemplación.
Una hora —un milenio—
de gozosa indiferencia hacia las formas de lo real
—un siglo cada tarde me permití ese verano.

Entonces no conocía otro lenguaje
que los habituales juegos de una infancia
cuidada y libre
—modelada
entre los límites de la provincia,
la plaza pública y el antiguo árbol familiar.
Aquel verano
fijó los temas de mi adolescencia
y la imagen de estos días
—repetidos, más o menos iguales, de mi vida.

Ser feliz, anclado a la deriva en las márgenes del río.

Los cuerpos de los otros nadaban deseosos
río adentro
—en contra o a favor de la corriente—
hacia los remolinos que bullían en la zona de los saltaderos.
Pero yo permanecí a la deriva,
anclado en las márgenes, sin un gesto de placer o dolor
que denunciara mi aventura.
Ajeno a la sustancia física del agua
—abstraído en la contemplación de no recuerdo qué vacío,
qué figuración extraña, qué palabras—
era descuidadamente feliz, sin un motivo real, ese verano.

Quizá por última vez, quizá sin saber cuánto.


EDEL MORALES