miércoles, 3 de octubre de 2007

Semana

El martes, en un paso de montaña, murió un amigo.
Otros dos murieron el jueves, en calles distintas de la misma ciudad
donde enmudezco y me oculto y escribo.
En el agua salada del mar vi morir el viernes a un cuarto amigo,
y antes de llegar a él murió también el quinto:
quemado como un paria en la ácida envoltura de salitre.
El lunes, todavía el lunes, tiraban fichas a la mesa y burlábamos
la muerte —de otros, dijimos, será de otros.
Y como un relato trucado, una más de sus muchas ficciones,
escuché la noticia imposible en un largo reportaje el miércoles:
la muerte brutal y simple del primero.
Ayer sábado, sin que los médicos sepan todavía por qué,
murió mi sexto amigo, el más sabio y dispuesto, el más joven.
No necesito ninguna señal cuando el domingo termina
para entender quién está muriendo
—protegido impunemente en esta casa de todos los peligros.
Y describo el vacío en las formas de esta muerte:
el día que se va me lleva hacia la Nada.


EDEL MORALES