jueves, 4 de octubre de 2007

Los tonos del ángel

Por Juana Lilliam





El invierno apaga los cielos de la Niña.
Pero yo comienzo a descorrer su lámpara.

No tengo otro prodigio que el puro deseo
(manos, ámenla, no tengo otro prodigio).

Más allá de la tarde el piano deja en mí sus nostalgias.
Yo digo: Con el muro a la espalda
los cómplices van a morir. No llores. Acaso fíjate
qué música acerca las ciudades.

Pequeño es el aro de la luz.
Pero yo descorro la lámpara del ángel.

(... y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe en un costado de la sábana. Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después de muchos años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la fiesta del silencio en las cabezas, y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe...)

Luz que amanece y duele,
no hubiese creído este esplendor y su espejo.
Luz que amanece y duele,
sé que la voz y el tiempo me condenarán si escapa.

Digo: Hágase la luz,
y la claridad de noviembre es larga y limpia.

No lo hubiese creído: que alguien develara así
el misterio alimentado en otro juego.


EDEL MORALES