sábado, 6 de octubre de 2007

Toda una noche con la mano en el agua

Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.

Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de los ahogados,
golpeando en mis ojos para no caerme.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar.

Una braza tiene longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los cocos.
Un lugar definitivo es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan al río
y una muchacha pegada al gobernable.

Qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.

Si los peces me llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo —como Armstrong o Colón,
pero sin fotos ni reproducciones.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.

Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.
y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.


EDEL MORALES