sábado, 6 de octubre de 2007

Lejos de la corriente



Lejos de la corriente



Edel Morales




Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
No se si es bueno o malo. A mi me complace, amigo Lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen.
Quisiera, por supuesto, que esa esencia permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando vuelvo a este poema: Tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría// el halo de luz/ la altiva belleza// y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón// Así debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta:

Para Vivian, por amor.










Los pies desnudos









No intentes posar tus manos en su inocente cuello
Luis Rogelio Nogueras


la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible
Rainer María Rilke





Desde el año de la noria

Contaba una vez un rey
que ganó su trono en la sangre.





Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.

Alguna luz murió sin ser por el cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde entonces.
Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.

Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.
Era el año de la noria con barcos en la costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar la confianza.

¡Qué terrible el tiempo para trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para confundirse uno!

Porque ocurre como en las viejas historias.

Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.
Y así jamás la estrella brillará para los dos.
Así jamás el grito será igual en los parques públicos.

Somos únicamente peces regados por la crecida.

El otro, y este que ustedes imaginan fiero,
al acecho del momento de saltar.

¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!






Noches de 1980





He visto caer el sol detrás de las colinas.

Como esos viejos
que se detienen al borde de la acera
y pasan las calles aferrados a mi mano.
He visto caer el sol detrás de las colinas.

Y siento caer las noches de la isla
encima de mi cuerpo.





Tercera mirada a la sicología del poema


Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil —el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.

Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.

Escojo pedazos de agua en la claridad del día
Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de las armas.
Ustedes no conocerán la historia.

Yo quisiera estar sentado en el suelo de una casa,
con varias maravillas al alcance de la mano:
una bebida fresca y excitante, una música que ayude
a caminar por el país, el brazo izquierdo y suave
de una muchacha largamente conocida,
y las voces de mis nueve amigos más queridos y leales.
Yo quisiera que algún narrador contara por mí
las dos historias.

Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso de la historia.

Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.
Miro pasar el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día.
Y escribo mi esperanza de que algún narrador
pueda contar la historia.

Y gozo decir: buenas noches. Y no olviden.





Desplazamientos




Antes
la
luz
brillaba
en
los
altos
edificios.

Antes
no
era
hoy
que
me
hago
estas
preguntas.





Partir

Ya para entonces me había dado cuenta
de que buscar era mi signo.

J. CORTÁZAR.



Fiel a su manía de partir,
el niño que fui me azota el costado.

Estoy ante el espejo
y nadie entiende mi ahogo:
por qué recorro la casa, abro las ventanas,
y el aire sigue detenido.

Duele mucho este silencio:
la leyenda de puertas tapiadas
que no dice nada de mí,
y el tiempo paciente moviendo su garrote.

No puedo cortar el corazón y ponerlo en la sala
a que incite el hambre de los visitadores:
siempre el sol,
con sus figuras veloces sobre las lajas del patio,
trae a mis tardes de abril la inquietante belleza
y la cruda eternidad del cambio.

Quiero arder en un final que parezca aventura
y despierte aquella voz de antaño,
cuando burlaba las vigilancias mejor establecidas.

Quemante, bueno y fiel a su manía de partir,
el niño que fui sonríe, dice adiós, azota gustoso mi costado.

Y las lajas del patio comienzan su largo incendio:
una curación más palpable que cualquier cicatriz.





Los pies desnudos



No tengo nada.

Sólo el amor
de una muchacha
y mis párpados abiertos.

Así puedo
correr sobre la hierba
húmeda y punzante.

Sabiendo
que a esa certeza
llamarán locura.





La libertad es infinita. Sic



Bajo el duro afiche que da sentido a esta hora,
contemplo el rostro de los bailadores.

Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz, muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca por su luz.
Fascinados en esa alucinación giramos libremente,
sin miedo y sin otra voluntad que estar vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo de la ciudad.

Pasa Laura llevando el ritmo en los labios.
Pasa Fernan con un toque de rock sobre botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.

Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más puras.

¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!

Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.






Toda una noche con la mano en el agua



Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.

Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de los ahogados,
golpeando en mis ojos para no caerme.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar.

Una braza tiene longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los cocos.
Un lugar definitivo es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan al río
y una muchacha pegada al gobernable.

Qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.

Si los peces me llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo —como Armstrong o Colón,
pero sin fotos ni reproducciones.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.

Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.
y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.






¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?



¿Quién?,
cuando mi hermano termina el lazo en su segunda bota
y Addis Abeba se mece como una flor.

Otro mes los camiones bajaban la cordillera en niebla
y mamá preguntaba por las manos de Miguel.
Cubavisión, Correos Air, toda la noche un sólo sueño
y titila azul el satélite a lo lejos.

¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi madre?

Viene con dos lágrimas en cada mano plural
y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”

Por el jardín y en cada laja del patio
pasa, irredimible, el tiempo,
pasa, irredimible y fugaz, todo el tiempo;
y pasan, vigilantes, los grillos, la única luciérnaga
con luz, con luz, con luz.

no tardarás, Miguel, susurro, no tardarás.
Pero el mundo es un nicho cerrado, las horas
un juego cruel, el tiempo un lamento humano
—redondo y olvidado y cruel
y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.

un simple nicho olvidado después de la explosión.





Estación de invierno



Abro completamente desnudo la ventana
y miro: arriba las estrellas siguen alumbrando
una fiesta de la que sólo escuché el rumor.

Músicas que no siempre fluyen para el hombre
en la noche irónica y danzante.
Música sin la fantasía de mis dedos.
¡Qué largo es el silencio!

Contempló el ancho cielo estrellado de mi patria
y esas calles que se alejan, se pierden, me dejan solo...

Músicas que van y vienen y regresan luego,
danzando libres y no iguales hacia y desde un mar sombrío.

La felicidad adormece mi voz y luego se aleja,
mientras abro completamente desnudo la ventana
y miro.





Toda la cabeza



Un pájaro
se mueve
en las maderas del techo.

Está apedreado
y no podrá
salvar el ruido de sus alas.

Pero se acerca a las vigas más duras.

Su traslación
es mínima, inapresable,
capaz de enloquecernos.

Y en la gravedad de sus plumas
se nos pierde el fuego
del arquero.

Sufro en agonía
este dolor
de entonces:
el pájaro que cae,
se mueve
y alcanza las vigas más duras.

El mínimo,
inapresable,
infinito dolor
de las patas de un pájaro,
haciendo caer hacia nosotros
el polvo de su eternidad.





De la ausencia y la noche


No queda más que marcharse.
Y buscar luciérnagas en los patios dormidos.
Y conquistar en la ciudad los puentes.
Y habitar en soledad la casa.
Y dibujar tus ojos en las paredes blancas.
Y regresar despacio hasta la puerta.
Y olvidar tus ojos, y olvidar, y olvidarlos.
Sabiendo que mañana o luego, siempre
la noche los traerá.





Calle G. 1982


Una noche partíamos almendras en la calle G.
Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Todo resultaba tan sencillo.
El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García.
Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos.
El golpe con que mi mano buscaba
en la roja intimidad de la almendra.
Todo resultaba tan sencillo
como la vida del agua que se escurre entre los dedos.
No debía venir nadie.
No esperábamos a nadie.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Tú, y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.





Mujer gozando su desnudez


Las piernas recogidas,
el pelo cansado,
distinta.
Ha dejado su temor junta al último café,
ahora goza mi presencia.
La semipenumbra
y los discos moviéndose en la madrugada,
permiten un espacio para el deslumbramiento.
Está sentada sobre el piso
y mira sin palabras
la esperma que deja en los mosaicos
la vela de la fortuna.
Escucha una canción de ángeles.
Goza en su cuerpo mi presencia.
La limpieza de su cutis y la lentitud de abril
me ofrecen en el espejo manchado
la otra cara de la luna.





Sólo ardiendo


Nadie sabe si al fin te alcanzaremos:
cazadores demasiado torpes para tu huella
y para esa luz que oculta permanece en el fuego.

Sólo ardiendo lograrás
un verso que me rinda,
dice tu voz perdida en la hojarasca.

Y nadie sabe si al fin te alcanzaremos, cegadora.
En la densa claridad de los trópicos
lo único cierto es que te seguimos.
Con fiebre.





Un poco de amor en la mano izquierda



Estoy sentado en la misma piedra que mi mano quiso.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío como un héroe de novelas triste y solo.
Fumo para quemar las semillas más terribles del miedo.
Y miro en silencio a través de la ventana.
En los círculos que las luces dejan sobre los parques abiertos
alcanzo a ver un rostro que sostiene el fuego.
Cerca los perros muerden este diciembre blanco y mudo.
Nada recuerda esta noche el tiempo feliz.
Por esa helada quietud se han marchado los amigos,
luego también las escasas muchachas.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío con la bondad y dureza que he visto sonreír a mis héroes
y espero en silencio la próxima lectura.
Afuera pasan los días de Navidad.
Entrañablemente azul tras la muda hojarasca de diciembre,
el fuego de los creadores sostiene mi cielo.






1983 no era un año triste



Guarda esas fotos en el forro de tu abrigo,
y guarda esa cara de circunstancia:
1983 no era un año triste,
lo sabes tú y lo saben las paredes del Club.
Deja que el tiempo arrastre esas nubes.
Deja tu rabia vagar en esta carne blanca y suelta,
la carne que el cielo te dio.
No trates de explicar el color de las luces.
Escoge una pregunta
cercana a la claridad de las voces más jóvenes,
y guarda esa cara de circunstancia.
Lo sabes tú y lo saben las paredes del Club:
1983 no era un año triste.





Mar Atlántico



Como en las fotos del Mar Atlántico,
que Enrique guarda en el forro de su abrigo,
ahora todos
miramos al cielo fijamente.

Con su guitarra y su silencio
Fran arpegea en las botellas, y quiere llegar,
y la vida vale o no, pero aquí estamos.
Tere afirma su manía de nubes en la boca
y sus príncipes mendigos
que nunca quisimos comprender,
porque la amábamos tanto;
la amaba yo soñando en el muro
de espaldas a las preguntas de mi cuerpo;
todos, alguna vez, fuimos su insomnio verdadero.
Si todavía Mandy fuese el mejor anfitrión,
Monsieur Zaping in Zaping's Club,
descorcharíamos otra vez la Havana,
y el pasitrote de Fernan perdido en las minas
sería el más fantástico juego,
la mayor felicidad para los golpes de Ale.

Eran otros años, nosotros demasiado jóvenes
para entender esa historia
de gente dispersa en el mundo.
Nosotros demasiado jóvenes pero muy seguros
de que Fillo no mintió,
de que a medio paso del dos mil no se regalan islas.

Como en los rostros del Mar Atlántico,
murales del Zaping's Club
jamás borrados por el peso de la bruma,
cada uno es el genio,
todos latiendo en un mismo corazón,
vigías de un tiempo
que nos costó la infancia.





Con el muro a la espalda



Murió el tiempo de los cómplices.

Felicidad de las horas girando hacia el día
de llamarnos cómplices
—relámpago, aproximación, tiempo de los cómplices
ya muerto.

Cómo querría encontrar ese alguien
que confirme la inasible nostalgia
en su retorno y escape.
No he pedido que aparezcas igual,
con el muro a la espalda
y una lealtad más fiel que los brazos pactados.
Pronto es para engañarse.

Sólo por hacer algo fija las estrellas ganadas,
los años que ardieron
como el aire fuerte en la dispersión del fuego.

No olvides tú ese rumor que escapa.
Murió el tiempo de los cómplices,
ha muerto.
Y miro la ciudad volver de sus mejores días.
Y miro la gente que va y viene despacio junto al mar.
Y me pregunto con el muro a la espalda:

¿Tan solo será la vida
un tiempo posible?





Fábula del hombre y la ciudad



I

Sentados junto a una vieja cruz de madera
cuatro pescadores miran al mar.
Aguas lejanas y muertas, un hombre solo por las calles.
Son imágenes que preciso, los últimos lugares
que vieron sus miradas de testigos.
En sus palabras, y en el relato de otros protagonistas,
recuerdan los miedos de aquel año.
Escuchan el silencio de treinta mil rostros
perdidos en su memoria de niños.
Los cayos barridos por las olas, la ciudad apagada.
Luego llega la luna y tensa los cordeles
sobre el tranquilo mar del sur.
Hasta la claridad del día siguiente.


II

Habrá otro silencio en la poca arena de las costas,
han dicho mirándome a la cara.
Con el tono de las cosas inevitables.
Es la memoria de la sal en el aire de la noche,
el color del miedo en sus brazos desnudos.
Yo respiro en ese lenguaje de pescadores
la temporalidad manifiesta de mis veintiséis años.
Yo espero con la mano en la cruz
una voz que magie mi nombre y mis ojos de tigre.
Por ella atravesé el país y vine a esta playa.
Luego regreso por un camino de piedras
a mi habitación de hombre de paso en la leyenda.
Y veo cómo se apagan sin amor las casas a lo lejos.


III

Hay un cuerpo en la cruz, unas calles en penumbra,
una magia que muere entre las aguas.
Una línea de sombras donde se corta el horizonte.
Vuelvo a la costa por este silencio antiguo
que desde ayer los pescadores me anunciaron.
Ciudad anclada en el letargo, y una bella mujer
que se pierde entre el fuego y la tristeza.
Ciudad de míseros rituales, donde escucho y miro
y palpo cada día la simple repetición de estas imágenes.
Nadie puede sin cambiar retener de verdad sus mitos.
Esas lunas de la memoria de los niños
se hunden para siempre bajo este cielo acabado.
Desde el mar avanza en ras la marea deslumbrante.






Noches de 1985


He visto encenderse las luces del parque.

Semejantes a un ahogado que vuelve
abrieron los ramajes para mí.
Y puedo ver el blanco borde de los cielos.





Historia tan contada


Vuelve, soplo queridísimo, a mi vida.
Vuelve, y no olvides:
volaban pájaros en el cielo, el amanecer llegaba,
y nadie dijo: acabaré rendido.

Lo recuerdo todo en este minuto de agosto.
Tú y yo y el alto amanecer.
Tú y yo y pájaros que volaban
en el alto amanecer.
Tú y yo sabiendo que alguna vez el cielo
sería algo más y estaría más cerca.
Tú y yo, soplo queridísimo,
mirando por los mismos ojos.

¿Acaso olvidaste el sonido de las aguas?
En la herida burbujea su historia tan contada.

Hacia la claridad que asoma en el alto amanecer
vuelven los pájaros a buscar el cielo.

Mira: cuando termine el silencio habrá nuevas voces.
Mira: cuando demos la cara los partos serán felices.

Yo te espero, soplo queridísimo, no me faltes.






Mientras arda el fuego


Yo estoy seguro o muy seguro:
los espectadores desconocen lo que vale una voz,
o el peso de una voz en medio del fuego,
lo que cuesta adelantarse sin inmunidad.

Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.

Con los dedos subiendo al despeñadero,
hasta desnudar la rojez de la brasa.

Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.

Los espectadores bailan en un pie
y nosotros marcamos el ritmo,
el sabor eterno de estas otras canciones.

Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.

Con los dedos subiendo al despeñadero,
hasta desnudar la rojez de la brasa.

Espectadores siempre hubo,
al margen de la historia,
espectadores en su inmunidad.

Yo estoy tan seguro de esta voz
como del tiempo.






Yo también tuve un silencio


No estoy escondiendo nada.
sólo dije, calmado y para todos:
No creo en los murmuradores.

Van y vuelven por el largo pasillo.
Van y vuelven, pero no adelantan un paso.

Yo también tuve un silencio.
Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose,
una puerta pálida como el frío de los ciegos.
Yo también tuve un silencio:
era estrecho y apretaba
como la tos de los irremediables enfermos.
Pero ya rompe el círculo para hacerse voz.

Que nadie diga luego:
no lo imaginaba.
Cada hombre tiene su palabra
Cada palabra tiene su sentido.
Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos.

sólo creo en el ronco grito de las marímbulas
que con la tierra rugen.





Cuando seas alguien



I

No espero mi nombre en las encuestas,
camino hacia otro resplandor.

Escucho voces que murmuran:
Cuando seas alguien podrás decir,
ya soy alguien, amarás decir,
si quieres ser alguien no debes decir.
Como si esa proposición de barnizado yugo
pudiera convencernos.

Modelar,
y luego pájaros tristes preguntan por nosotros.
No. Hace ya varias guerras elegimos
la estrella, el pecho abierto, la mano siempre lista.
No vamos a ser otros, seguimos siendo fieles,
al fin y al cabo el tiempo es nuestro
y nuestra es la tierra.

Cruzan las piernas y mirando al mar murmuran:
cuando todo se confunde
es fácil ascender barajando bien las cartas,
basta saber moverse en la marea
como hace la blandísima arena que jamás traspasa el veril.
Y con esa letanía trataban de cegarnos.


II

Para no caer como una mosca en la tela
juega tu vida en las corrientes
y al margen, con rabia y dolor, con toda el alma,
con hambre y miedo y paz
siempre puedes gritar, y decir:

Soy alguien,
y no espero mi nombre en las encuestas.
Camino hasta las primeras luces,
enciendo alguna lámpara porque soy cualquiera
y a todos nos importa,
el halo del rocío en las flores abiertas.

Murmuren y barajen esas cartas marcadas
los que nunca dieron su mano.

De tanto no ser nadie y no cambiar un rostro
que irremediablemente arde,
tenemos en la mirada el tiempo:

una estrella que abrasa para siempre
a los murmuradores.







Vivo



Un
corazón
no puede terminar

como una panetela

almibarado
desmembrable

entre los dientes del mundo.






El hombre prevalecerá sobre todas las angustias, dice William Faulkner



Sobre la angustia de un amanecer
donde no estás.
Sobre el blanquísimo sol
y la dolorosa penumbra cuando llueve.
Sobre la angustia de los cómplices
traidores.
Sobre el golpe de las gotas
en el fondo.
Sobre la angustia del lazo
y las correas.
Sobre el más lento redoblar
de las campanas.
Sobre la angustia de los cielos
perdidos.
Sobre vicios y bondades y
desesperanza y melodías.
Sobre colmos y mañanas
el hombre será más que silencio.
Sobre la angustia de su propio miedo
prevalecerá.
















Márgenes









Jamás, hombres humanos,hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera, en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!Jamás tanto cariño doloroso,jamás tan cerca arremetió lo lejos,jamás el fuego nuncajugó mejor su rol de frío muerto!
César Vallejo








Viendo los autos pasar hacia Occidente



En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,
se quedan vacías en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores para continuar
la filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
todo es ausencia y espera en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.





Ciudad de todos los domingos


Querría quedarme en esta ciudad:
su manera de reír me gusta ciertamente.

Una eternidad cruza hacia los bailes,
deja en mi mano un vaso de cerveza,
unas músicas duras, y las puertas de la casa,
abiertas, con héroes y borrachos palabreando,
friendo carne, brindándose la vida
alrededor del fuego.

¿Quién hizo más por el país?
Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero
y siento lo efímero de las verdades eternas.

Yo querría quedarme en esta ciudad
que grita en el tiempo pálido,
mientras cruza jugando hacia los bailes.





El calibre de las armas


Detrás de los cristales
palidece la memoria de otro tiempo,
los objetos más simples de una época
que la historia quiso elegir,
la crudeza y la claridad
que hacen a las cosas eternas.
Voy por los museos
tras la huella de un pasado
que da sentido a esta hora,
busco en mi vida
el destello inconfundible
que anuncie el momento del cambio,
la cegadora luz de entonces
(los bailes de fin de año,
el lenguaje de una adolescente
—su rostro de cabellos cortos
en el interior del papel—
el calibre de las armas,
las palabras del Maestro a la emigración,
la multitud manifiestamente inmóvil
sobre la tierra húmeda)
Las galerías están desiertas
y en el patio de losas
siento venir los meses de invierno.
Respiro el aire en que convergen
los tiempos de la isla,
busco un momento en mi vida:
el destello inconfundible que anuncie
el principio del cambio.
La crudeza y la claridad
que dan a las cosas comunes
el fuego de lo eterno.





Lejos de la corriente


El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...
giramos cerca del campanario
con la dicha de mirar un poco más lejos.

Lástima no ser fuerte ni preciso
para abrir de golpe el ojo:
sé que vería el paso de los navegantes
dieciocho metros sobre la antigua realidad.
Pero no tenemos ancho ni lugar,
no escogimos las armas.

Ella posa húmeda en los muros,
cuenta que me siguió en la brújula del astro
sólo por el vino de esta noche.
Luego podrá decir que nunca estuvo,
pero no es el viento
quien alumbra el faro y pide:
tú que cruzas el mar enmudecido,
encalla en mi desnudez más intima.
Ella en la penumbra mantendrá ese tacto
en que exijo y me suicido,
y únicamente somos
la terca ilusión de nadar fieles en un lejano paraje
y volver, con la astucia de los sinceros,
a mi casa, a mi perro, a mi día de soñar.

El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...

Dieciocho metros no es el borde más terrible
ahora que la sirena dicta su canción al náufrago.





El quemante ojo de Romeo

Para Odalys Victoria,
un largo de felicidad.



El brillo único de las constelaciones
rueda a lo largo del canapé,
donde el vino y los cigarros arden.

Vuelven y se besan. No temen perderse.
Y rueda el cielo a lo largo del canapé,
hacia los más profundos sitios del aire.

Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
hay este minuto de preguntarse la vida,
este temblor en las terrazas,
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de los muros.

Seco con un beso tus pestañas:
la felicidad es un corazón para estar despiertos,
si modelamos la íntima palabra
salvada como un grano de su cáscara.

Mañana puede no haber ningún friso en que asciendas
por mi impulso prendida al techo,
despeinada y sostenida,
mientras caen livianas monedas en el calor del vino.
No importa, nada importa más que este instante
abierto como el cielo en las baldosas,
hermoso como un rostro al paso de los labios.

La vida sigue siendo un abanico, un rayo de luna,
una levitación palpable en la memoria.

El aire rueda en los muros y rueda la felicidad
a lo largo del canapé, y dibuja en los cuerpos desnudos
el brillo único de las constelaciones.





Los tonos del ángel

Por Juana Lilliam



El invierno apaga los cielos de la Niña.
Pero yo comienzo a descorrer su lámpara.

No tengo otro prodigio que el puro deseo
(manos, ámenla, no tengo otro prodigio).

Más allá de la tarde el piano deja en mí sus nostalgias.
Yo digo: Con el muro a la espalda
los cómplices van a morir. No llores. Acaso fíjate
qué música acerca las ciudades.

Pequeño es el aro de la luz.
Pero yo descorro la lámpara del ángel.

(... y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe en un costado de la sábana. Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después de muchos años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la fiesta del silencio en las cabezas, y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe...)

Luz que amanece y duele,
no hubiese creído este esplendor y su espejo.
Luz que amanece y duele,
sé que la voz y el tiempo me condenarán si escapa.

Digo: Hágase la luz,
y la claridad de noviembre es larga y limpia.

No lo hubiese creído: que alguien develara así
el misterio alimentado en otro juego.





Pérdida de la inocencia



Cuando el ángel terminó de llorar
alguien más humano cruzó el agua,
y se detuvo.

Magnetizaban lo pálido del rostro
y su voz, sencillamente tirada en la pared.

Llegaba la noche para el cielo y la tierra.

El ángel levantó su mano en el aire
como si empezar ese gesto ya lo salvara.

Tenía entre los dedos un cabello de luz
y lo acercó a la corteza del árbol.

Era un lenguaje de tristezas
por la claridad perdida.






Vicarias blancas



Bordes que hieren el cielo de mi infancia.
He dormido sin sueño doce iguales minutos
en una noche de lobos que buscan su carne en el asfalto.
En una distancia imposible.
Como mi madre doce horas de un mismo dolor.
Como doce rostros de mi abuelo sin río y sin peces.
Como Paulina Gutiérrez toda la eternidad vacía
(ahora va su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas).

¿Qué lenguaje dirá las soledades?
¿Qué sonido en verdad significa adiós para siempre, amén?

Es absoluto el silencio de Caridad Fuentes Gutiérrez
junto a la tierra que espera el cuerpo de su madre.
Es absoluto el silencio de Armando Fuentes
asombrado y solo después de setenta años de amor.
Es absoluto mi silencio en la distancia imposible del asfalto.

Los cielos se han abierto para recibir el alma de mi abuela
(entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios).

Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.

Es una noche de lobos en la carne del asfalto
y en mi herida regresan el río y los peces de abuelo,
las vicarias blancas de Paulina Gutiérrez,
el cielo de mi infancia.
Yo les veo la mirada sin palabras y regreso a casa.

Todavía el más profundo dolor está por anunciar su eternidad.





Valle de los reyes

Imitación de Teresa Melo



Pero
nosotros
los desnudos
sabemos que es cierto.

El hombre
no se conoce
por el peso de su mortaja
sino por las pirámides que construye.





Márgenes



En las márgenes del río Máximo,
a la caída de la tarde,
hice que pasara el tiempo
—abstraído en la contemplación.
Una hora —un milenio—
de gozosa indiferencia hacia las formas de lo real
—un siglo cada tarde me permití ese verano.

Entonces no conocía otro lenguaje
que los habituales juegos de una infancia
cuidada y libre
—modelada
entre los límites de la provincia,
la plaza pública y el antiguo árbol familiar.
Aquel verano
fijó los temas de mi adolescencia
y la imagen de estos días
—repetidos, más o menos iguales, de mi vida.

Ser feliz, anclado a la deriva en las márgenes del río.

Los cuerpos de los otros nadaban deseosos
río adentro
—en contra o a favor de la corriente—
hacia los remolinos que bullían en la zona de los saltaderos.
Pero yo permanecí a la deriva,
anclado en las márgenes, sin un gesto de placer o dolor
que denunciara mi aventura.
Ajeno a la sustancia física del agua
—abstraído en la contemplación de no recuerdo qué vacío,
qué figuración extraña, qué palabras—
era descuidadamente feliz, sin un motivo real, ese verano.

Quizá por última vez, quizá sin saber cuánto.





Los textos escogidos



I

Después un amigo me envió unos textos de Borges.
Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo
encuadernadas con el escaso papel de bodega
que pudo pagar.
Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte
estaban las palabras, la ruidosa inocencia de un gesto
de juventud, que descreía del fracaso y del éxito,
de las escuelas literarias y de sus dogmas.
Eran, supe luego, apenas seis los textos escogidos
entre los mil y un poemas que Borges tradujo,
mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.


II

Cafés de Palermo Viejo, calle Florida,
certidumbre y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.
Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,
la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.
El primer puente de Constitución y a mis pies
el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,
las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:
Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,
precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.
Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,
una inteligencia otra inteligencia, una sensibilidad otra
que vuelve en mi memoria circular.

III

Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad.
Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia
que nos haga recordar los textos escogidos.
Tú buscas en los numerosos stands cuál tipografía
hará el milagro
de eternizar una circunstancia que sé azarosa y frágil.
En esos movimientos de mi vida adivino los Límites de El otro,
el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres.
Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:
las palabras que intento para ti son también palabras
que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.
Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro
y el tuyo.






Bajo una luz muy blanca

Para Marian Medina.



En las sucesivas noches de diciembre
la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
iluminada por una luz muy blanca.

Yo escribo el renunciamiento de los hombres
y me ofrezco jugo de toronjas;
luego fumo y contemplo allá arriba
las intermitencias del satélite, su destello
en el primer minuto del nuevo día.

Ajena a la rareza de ese instante,
la mujer de mi eternidad
duerme en la penumbra de otra habitación.

Yo beso sus manos cada hora
y fumo y ofrezco a mis fieras preguntas
un vaso helado de jugo de toronjas;
luego espero hasta el amanecer
otro destello del satélite,
otro movimiento de luz en los golpes de baile.

Sucesivas noches de diciembre
en que la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
y festeja Navidad y festeja Año Nuevo,
mientras escribo el renunciamiento de los hombres
bajo una luz muy blanca.




Noches de 1990.


He visto moverse un disco
en las noches de La Habana.

Fue sólo un instante.
Pero esa presencia de lo desconocido
en las olas de octubre,
esa claridad al alcance de mi mano,
anuncian los bordes de un nuevo horizonte.

He visto moverse un disco
en las noches de La Habana.
Flotando en el cielo abierto he escuchado su música.
Y puedo estar y ser feliz en cualquier sitio
donde sea posible el mar.





Un golpe de remo en el agua



Un
golpe
de remo
en el agua

Un
golpe
de remo
en el agua

Traza
el
remero
en
el
mar

el
esqueleto
sin
límites
de
un
pez.





Escrituras visibles


La hermosa memoria de un día en el mar.

Figuras que sumerges
hacia un brazo de agua más tranquilo y limpio,
más intenso
que la imagen o la palabra fuego,
tantas veces igualada por ti a la idea de la libertad.

Es todo lo que puedes hacer.

Mira el dolor tatuado en la ceniza,
los escombros
de otras intensidades muertas por la congelación o el límite.
Demasiado esperabas de la vida.
Todo lo que puedes hacer es un lenguaje
iluminado por esencias
y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas.

No mentir otros miedos.
No fingir que tu silencio olvide
la significación y el peso de alguna antigua tradición.

Lo sabes, finalmente, demasiado esperabas de la vida
y esto es todo lo que puedes hacer:
escrituras visibles, de una inocencia desnuda y hechizante.

Más perdurables e intensas que la palabra fuego,
o tu idea, o cualquier imagen
que antes igualabas a la libertad.





Cayo Perlas

Para Ciela Asad


Has escuchado la palabra maravilla.

Cayo Perlas:
un rostro, dos rostros, un rostro...

Evocada
en la magia de su significado original,
has escuchado la palabra.
Es la seducción
y el deseo por la naturaleza del trópico.

Cayo Perlas:
un cuerpo, dos cuerpos, un cuerpo...

Es la antigua transparencia del Mar Caribe,
su fuerza,
evocada en la magia de su significado original.

Y tú has escuchado la palabra.





Mientras sea posible


Ve mientras sea posible:
ella te espera.

Encantada en los bordes
—pacientemente—
nada una piscina más, espera una vez más,
para besarte
antes de subir al paisaje ámbar de la habitación.

Desnuda en el agua
—ligerísima—
ella te espera:
ajena al cansancio senil de la madrugada
y a la brevedad de unos días felices
que ya terminan.

Ve mientras sea posible:
mientras permanece en el agua
—ofrecido—
el cuerpo que deseas,
el cuerpo que tu escritura
nunca podrá nombrar.





Idea de la rosa azul

Para Viviana Cosentino Llanes,
la prefiguración de su existencia.



I

Rubia vestida de azul, de azul y no de negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa que se eleva en el agua
por la luz del Este, en la costa juvenil y sola.
Y no en las cambiantes tinieblas.
Y no en el servicio estéril del ennegrecimiento.
Cuerpo de la transparencia que se abre
en plena superficie, en la arena de la costa.
Y no en la frustración del sexo.
Y no en la caducidad de los salones.
Yo entro al azul como antaño entraba al espejo.
Yo descubro en el blanco la resonancia del suelo
en las iniciaciones.


II

Rubia desnuda de azul, de azul y no de negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa imposible y cierta
en la alegría de la costa a la hora del alba.
Y no en la fatuidad sin nombre.
Y no en los balnearios de la indiferencia.
Cuerpo de la imagen que sugiere la pureza
en una intensidad irreal, en el silencio de la costa.
Y no en la sombra pagada.
Y no en el ritual de la serpiente.
Yo entro a esa rosa con los ojos cálidos.
Yo descubro en ella la altivez y el deseo
de los nacimientos.





Un día en la blancura de Minks

Septiembre de 1990



Es septiembre,
caen las hojas hacia la podredumbre.
Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
escultura realista, la hierba es verde y suave
y es la podredumbre,
dos que caen hacia la podredumbre.
En la lentitud de los parques
—ironías del espejo, la luna del otoño
asoma entre las ramas—
rasgo el papel y los cielos pálidos,
meridianos de un mundo que nadie hizo para mí.

Había escrito:
Ya nada puede asombrarme.
Pero alguien dicta mis palabras:
Somos terribles —y cae hacia el costado.
el fuego es terrible —y rasga mi vida.
La voz terrible —y dinamita un mundo.
Dice verdades que yo no quería:
Bajo los árboles somos terribles con miedo.

Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
es la podredumbre, verde y suave
—ironías del espejo, asoma entre las ramas
la luna del novecientos noventa.
Es un día en la blancura de Minks
y yo quisiera ser feliz,
ver que una hoja desciende con limpieza
hacia los tiempos.

Pero alguien dicta mis palabras:
Es la podredumbre,
es septiembre que lanza las hojas muertas
hacia el fuego entre los árboles.

Y cae una escultura hacia el costado.





Gastadas imágenes de antaño


Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.





Dentro de mil o cincuenta años


Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.





Pisos húmedos


Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples
donde aprendiste a encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 —que no es avenida al mar—sino calle que termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto
era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
—y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos—
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.














Habitaciones interiores









Qué importa entrar o salir o desnacer
Fayad Jamis


Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y la honda

Salvatore Quasimodo






Uno de la ciudad


Ve por el bulevar de Obispo.
Olvidado de todo y de todos,
con un libro de René Char en la mano,
cumple el rito de la ceniza:
incluye tu incertidumbre
en el relato de las proezas de los otros.

Una tarde cualquiera, en la Plaza de Armas,
empuja una puerta:
el origen dudoso de los mitos, el espacio de fábula
que agradecen la caballería y la flota,
esperan de ti una pregunta,
un signo de ironía o plenitud.
Considera cuán legítimo es ese sentimiento,
ese vivo deseo
de escapar a la nulidad de los días habituales.
Contempla este lugar: un siglo cubano
mostrado al capricho de los restauradores.
Entra a los barrios de La Habana, antigua y marinera:
junto a los puntos de leche
las mulatas anuncian su cuerpo
con la estética voceadora del pregón.

Haz que dure ese instante hallado entre el sueño y la vigilia.

No te obligues en demasía.
Descansa una tarde
y ve hasta la sombra acogedora de los nuevos toldos.

Si ya estás listo.
Si todavía eres uno de la ciudad.





Lejos, en la baja gravedad


Lejos, en la baja gravedad, dejé flotar las cosas una noche.
Estábamos muy juntos, creo, porque el aire era frío.
Mirábamos el resplandor rojizo de un astro en el cielo
y, a veces,
un poco de la aridez o la estulticia que corroen esta tierra.
El humo en los fragmentos de luz también flotaba.
En el canal de la bahía pitó dos veces un barco holandés.
Mi lengua repitió esta palabra: Litiusg, litiusg.
Todo lo imposible tuvimos esa noche desde una ventana
abierta.
Estábamos muy juntos, lo recuerdo siempre.
Lejos, en la baja gravedad, las sirenas de tu pie danzaban.






El frío de los años


Dibujaba
un rostro de gato
en la pared
—vacía, nueva, recién pintada.
El rostro de un gato
sin enigmas
y luego su piel
—sin manchas.

Dibujaba
la copia virtual
de una copia
anterior
del rostro posible
de un gato
ya extinguido
—sin vida.
El rostro seco
de un gato cualquiera
—sin esfuerzo,
sin ninguna tajadura.

Igual
escribo en la pantalla vacía
las palabras
gato / rostro / pared
sin que pase nada
—ninguna revelación,
ninguna pregunta.

La vida y el arte
son fríos.

Y nada significan
lo nuevo / el sueño / una piel
o la expresión
en los ojos de un gato
—no vivo, escrito, no vivo,
dibujado al azar,
entre el humo y la niebla,
por el inconsciente.





Fin de siglo



N
i
n
g
u
n
a
lógica

Ahora
que todo
ha terminado

ninguna
lógica

explicaría
el vacío.





Niebla de la crisis. Pequeño relato


En los años de la crisis
iniciamos largas conversaciones por teléfono.
Cada noche discaba un número de otro municipio
—que para nosotros era oscuramente
otra distante ciudad, otra aduana infranqueable,
el otro extremo del mundo.
Discaba a medianoche la señal esperada:
dos veces el timbre, y luego volvía a discar.
En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.
Nada fue comparable entonces —tampoco después—
a la plenitud que su voz trasmitía
al decir: Hola.
Escribo sin pretender novedad
—como se escribe al regreso del límite—
las palabras de un contexto que asumí fielmente.
Ella dictó estos diálogos, estas voces habituales:
El cubrecamas de raso está sobre el piso, por la frialdad,
y yo estoy de espaldas sobre el cubrecamas.
Tu voz está sobre mi cuerpo —le hace bien a mi cuerpo
la claridad de tu voz
en la penumbra de estos años.
Muchas veces disqué ese número capturado al azar.
Una noche
el timbre en la casa distante la trajo hasta mi puerta.
En el otro extremo del mundo ella escuchaba
una canción:
sentí el arpegio de la cuerda en la boca del teléfono
y entramos juntos a la sala de conciertos.
Puntualmente a las doce vivimos esos años
las vidas posibles de La Habana:
ahora un cine, después un café, más tarde
un paseo junto al mar.
Era nuestra ficción de La Habana
una ciudad más palpable que la ciudad apagada, física,
real.
Nunca la vi fuera de aquellos diálogos, nunca lo intentamos.
Cortada la ciudad en pedazos distantes,
sorprendidos también nosotros por la niebla de la crisis,
quisimos salvar el sentido de esas vidas:
la intensidad o el relato o la imagen o el deseo de una voz
capturada por azar en las líneas telefónicas
de una ciudad fantasma.





Noches de 1995, 1996 y 1997

Imitación de Kavafis



Era hija de un eminente y honorable
cirujano de una isla del Caribe.
Trabajaba en un gran hospital. Llevaba ropas sencillas.
Los zapatos blancos, humildes y muy limpios.
Las manos finas, habituadas al bisturí.

Por las noches, ya lejos del salón de operaciones,
cuando sentía un enorme deseo
por una joya más o menos fina,
una joya para lucir en las pocas noches de fiesta,
o si detrás de una vidriera había visto y codiciado
un hermoso vestido azul,
su sonrisa por treinta míseros dólares prostituía.

Me pregunto si, en sus años de bonanza,
tuvo la fidelísima Habana una joya de mayor belleza,
una muchacha más adorable que ella —que terminó tan mal:
desde luego nadie hizo ni su estatua ni su retrato;
confinada en la frialdad de un gran hospital
muy pronto las duras jornadas
y esa vil crápula nocturna la llevaron a la destrucción.





Habitaciones interiores


En el lado oscuro de la claridad
doce girasoles germinan y se agotan
—mana la sangre.
Los jarrones descansan sobre telas
y las telas se agotan
—mana la sangre.

El artista
(ya inmóvil, todavía adolescente)
fragmenta su miedo
y lo esparce en las flores
—mana la sangre.

Desde la carne cortada a la altura de la oreja
A través de los pisos hacia el mármol blanco
En las habitaciones interiores
Repetida, sin prisa
—mana la sangre.





Amargo palimpsesto de la muerte



Cuántas veces ofreciste tu cabeza al vacío.

El mar violeta sobrescribía tus preguntas
en un cielo estático:
amargo palimpsesto de la muerte.

Tu cabeza impulsada en el vacío trasmutaba la carne
—jugosa o macilenta de los transeúntes—
en el alma de un pájaro que picotea
la superficie dura de los arrecifes.

En la terraza inclinada, solo,
tu cabeza imaginaba el alma de un pájaro,
una franja de aire entre el silencio y la rutina
—la ventanilla del auto al oscurecer,
el borde negro de los arrecifes,
unas aguas que se agotan.

Amargo palimpsesto de la muerte.
Cuántas veces ofreciste tu cabeza al vacío.
Cuántas veces.
Y nunca encontraste una premonición.
Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada
en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.





Única premonición



Sin
que
supiese
por qué

me
perseguían.





Semana


El martes, en un paso de montaña, murió un amigo.
Otros dos murieron el jueves, en calles distintas
de la misma ciudad
donde enmudezco y me oculto y escribo.
En el agua salada del mar vi morir el viernes
a un cuarto amigo,
y antes de llegar a él murió también el quinto:
quemado como un paria en la ácida envoltura de salitre.
El lunes, todavía el lunes, tiraban fichas a la mesa
y burlábamos
la muerte —de otros, dijimos, será de otros.
Y como un relato trucado, una más de sus muchas ficciones,
escuché la noticia imposible en un largo reportaje el miércoles:
la muerte brutal y simple del primero.
Ayer sábado, sin que los médicos sepan todavía por qué,
murió mi sexto amigo, el más sabio y dispuesto, el más joven.
No necesito ninguna señal cuando el domingo termina
para entender quién está muriendo
—protegido impunemente en esta casa de todos los peligros.
Y describo el vacío en las formas de esta muerte:
el día que se va me lleva hacia la Nada.





La apariencia gris de la ceniza


su azogue
mortal en la superficie del espejo
—que Baudelaire y Block
describen como la fatuidad de un lenguaje vacío.

su discurso
carcomido en las fábulas de la mécanica y la ciencia
—que César Vallejo y Allen Gimsberg
explican como la sustancia de un mundo sin voz.

su disolución
de una lealtad y una infancia erosionadas
—que José Martí y Rainer María Rilke
definen como la traición moderna del sentido.

su estatus
de materia y tiempo y espacios muertos
—que no es posible mostrar,
Edel Morales, sino en los textos
donde el amanuense escribe su experiencia
vivida más allá del límite,
en otras realidades perdurables.

su miedo
—hecho de infinitas miserias, larga ingratitud y olvido.

Esperan que agotes tu exceso de bondad,
tu demasiada sabiduría.

Esperan tu predecible destrucción.





En la puerta del teatro


En la puerta del teatro,
cuando ya ha comenzado la función:
¿qué acontecimientos espera?

Más de una hora estuvo así:
la mano abierta,
registrando rasgos aislados
—ese modo de ser, el ambiente extraviado y fácil
de la gente que llega al concierto.
El pequeño libro azul —forrado en tela,
ilustrado con viñetas de un conocido pintor—
permanece abierto, como la mano que escribía,
a la espera de algún acontecimiento
que confirme qué.

(...en una ocasión igual, diez años atrás,
habrías luchado
un buen sitio en la platea, cerca del escenario,
habrías gritado, soñado, vivido, pagado cinco veces
el valor de la entrada. más de una noche
la mano mostró hábilmente el reverso del billete,
los verbos rayados sin estudios ni meditación
pero admirables, vivos, libres,
admitidos como parte de un ambiente y un modo de ser
naturales en la fiebre del concierto.
escritas al vuelo, dictadas con velocidad, tus preguntas
iban del acontecimiento a la impresión a la idea,
sin ocultar o pretender o fingir nada:
como va en los solos de guitarra
el arpegio libre de la primera cuerda
hacia la plenitud en una sala abarrotada...)

los signos dibujados,
grabados,
marcados en la piel desnuda
—esos raros tatuajes que apenas reconoce—
eran diez años atrás su vida.
El libro —azul, forrado en tela—
permanece abierto,
pero la mano ya no escribe:
estruja el cromo, los hilos de oro,
la tarjeta de invitado —ni siquiera oculta,
ni siquiera finge
un poco de extravío y hermosura.

En la puerta del teatro.
Solo.
Cuando ya ha terminado la función:
¿Qué acontecimientos espera,
qué impresión, qué pregunta, qué idea?





Borde del proscenio


En mi antigua fiereza
y en mi larga humildad,
el otro fue siempre.

Y caminar sobre la hierba, llegar al borde rugoso
de la acera, mirar a la plaza
—como un actor que ensaya su representación
ante el lunetario vacío:
Yo soy otro, y gesticula sus miedos,
era un modo de hacer mi propia vida.

El otro fue siempre, otro.
Y yo mi aspiración, en ocasiones incierta,
de caminar sobre la hierba
hasta el borde rugoso con que una acera se abre al vacío.

Maneras de vivir
contemplando el mundo
enrarecido por la libertad.
Manías que el tiempo
vuelve a mostrar
en una dimensión distinta.

El otro está sentado en el lunetario rojo
—tercera fila, tercera butaca, sección izquierda—
y contempla mi representación
con una sonrisa de ángel triste en sus ojos miopes.

El otro era, fue siempre, quien soñó mis días.
Y espera que yo diga lo que quisimos ser, que recuerde
con un gesto que mi vida es otra, la suya.
Vivida con la aspiración y el miedo de un actor
que camina hasta el borde del proscenio
y escucha en el vacío las más fieras preguntas.






Una pregunta es una pregunta es una pregunta
es una ventana que se abre




Una ventana
iguala otras ventanas anteriores.
Iguala su intensidad
y ciertos días la imagen
—en verdad intraducible—
conque la antigua ventana se mostraba.

Una ventana
es una pregunta es una pregunta
es siempre una pregunta
—el deseo de ser
un espacio que se abre
en el placer de las preguntas.

Una ventana
—abierta de par en par al mediodía—
iguala el antiguo deseo
y muestra otra vez las dudas de antaño,
las firmes preguntas de antaño
—la belleza conque antaño
el mito se mostraba.

Una ventana
es siempre una pregunta,
tu pregunta
—abierta hacia la luz sin sombras
que engendra el mediodía.





La luna eclipsa

I

Y mientras la luna eclipsa:
¿quién escucha mi canción?
¿alguien oye mi canción
mientras ya la luna eclipsa?
Bien, escritura, elipsa
la doble sombra y conjuga
la bruma: cansa, arruga
sueños el gran mago de Oz.
Escribe un texto sin voz
y escribe: la luz se fuga.


II

Dicta, silencio dador,
de la luz la doble fuga.
Dicta, silencio, la oruga
lame todo el esplendor.
El Verbo del Hacedor
pone su límite oscuro:
no estarás nunca seguro
de que vives lo que vives.
Sólo si un día lo escribes:
la luz en que yo perduro.






El tiempo blanco


Efímera
fue
la
alegría.

Ahora
sólo
está
el
silencio.





Corte de luz


Toda la noche la casa ha estado vacía.
Viajaba en esa oscuridad:
Babilonia, Atenas, el Cuzco
—ciudades que invitan a vivir otra vida
en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor.

Echado en la cama durante toda la noche
mira al techo vacío de la casa:
es blanco y está totalmente limpio de significados.
Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,
tanta posibilidad en las preguntas
que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.

Barcelona, Buenos Aires, La Habana
—ciudades que ha visto pasar desde siempre
en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada
(ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas,
ni demasiado iguales)
invitándolo a vivir una vida distinta
en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad.

Las mira desvanecerse mutuamente
después de habitar en ellas durante muchas horas.
Sabe que volverán en el próximo corte de luz.
Como vuelve en el techo iluminado de la casa
el tiempo de la realidad y de la poca acción.





Nosotros mismos


Íbamos a ser
el hombre nuevo.

Minuto a minuto
—horas de la niñez,
días de la adolescencia,
años de la juventud—
hicimos
lo que se esperaba
de nosotros.

Edades
para alcanzar al fin
la gran inocencia
—en la vida y en la muerte
hicimos
lo que se esperaba
de nosotros.

Ibamos a ser
el hombre nuevo.

Y sin embargo.





Antes del Big Crunch


El universo expande la finitud de sus cuerdas.
No hay bordes. Es de noche alrededor.
Y de estos versos —escritos para precisar un instante—
nada quedará, finalmente. Lo sé, intentan
una imagen imposible del suceso.
Perdura en ellos la magia antigua del cazador,
su fiebre por encontrar la huella en la espesura,
su destino entre el bien y el mal.
Los acontecimientos se revelan demasiado visibles,
demasiado vergonzantes para una escritura
sumergida en el smog y en la frialdad
de la época contemporánea.
Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas.
Nada quedará de su impulso cegador. Nada
de la intensidad y la fiebre de esa singularidad desnuda.
Es de noche. El universo se expande. No hay bordes.
Pero sí finitud en las cuerdas
y en la antigua magia del cazador para cumplir un sueño.
En esa fría indeterminación hago lecturas.
En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa
y sucesivos—y traduzco para un amigo estos versos:
hechos con una rara claridad que los condena
y los aleja de cualquier estética al uso.
Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.

Lo sé. Como sé que ninguna sustancia
escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros.
Ni siquiera la luz.





El doble dolor


O poeta é um fingidor,
leí una tarde en Pessoa,
finge que es loa su loa,
dolor su mismo dolor.

Escribe siempre el clamor
intenso de lo vivido:
lo que quiso, lo perdido,
el doble dolor que siente

cuando finge un aparente
dolor que tanto ha sufrido.





Ayer, mientras leía a Borges

Para Aymara Aymerich



Ayer, mientras leía a Borges,
pensé de un modo diferente la tristeza.

El polvo al pie de las murallas
era el polvo apagado en una tarde de verano,
pero en la página viva
fue el pulso intemporal de una escritura
—suspendida desde antaño
entre el musgo y las losas de mármol—
y fue también la huella manifiesta de un origen
—perdida bajo el agua
en la memoria de cien generaciones.

Nada de lo que llamamos real
hizo que pensara la tristeza de un modo diferente
—la vida es ahora virtual y distante
y débil es el pensamiento de la época, you know.

Al pie de las murallas
gocé tu desoladora belleza y la belleza del mar
recomenzando,
pero no deseaba en verdad un modo diferente
—la vida es ahora una copia
y tu cuerpo repetición de otros cuerpos
pasados y por venir.

Los magníficos dramas
hicieron a los griegos eternos
y a Shakespeare un hombre obligado y libre
—descansan, sin embargo, muy lejos de lo real:
en la tensa plenitud de su tiempo,
o en los espacios congelados de las videocintas,
el mito digital y la imagen.

Nada en el mundo físico
anunció el sentido de aquella revelación;
pero ayer, mientras leía a Borges
—lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo—
pensé de un modo diferente esa humana tristeza
y la serenidad y el oro de una página.














Los pos(tres)









¿Cuál fue la causa de tan grandes penas?
José María Heredia










Una mano en el traspié


He pensado en la muerte;
de un modo más preciso, en
morir —un verbo minucioso,
apegado siempre
a lo real de la experiencia.

Cuando regresaba tarde a casa,
por las calles vacías,
he pensado mi muerte.
Fue ayer, digamos
ya casi un hoy sin sombras;
pero aún ahora
estrujo contra el rostro una mano crispada.

De nada valen los actos
durante tanto tiempo más o menos dedicados a servir.
De nada valió amar con toda el alma.

Sin una mano en el traspié, sin una mirada
o una sencilla palabra de ánimo:
destruido estoy y solo,
con mi verdad a cuestas.
Y nada pueden hacer las multitudes
a las que tantas veces puse en marcha.
Y nada puede la mujer que quise entera.

Vacía está la vida en la pobre ciudad vacía.

Con la mano crispada en el rostro he pensado en morir,
apenas ayer, hace un rato simplemente, digamos
ahora.





Vitalidades carentes de provecho


Para qué te sostiene.
Para qué se desgasta inútilmente
mi psiquis
—que alguien menos triste llamaría sin eufemismos
mi alma—
en vitalidades carentes de provecho.
Para qué me infarto.
Para qué retorno en paz a ese futuro
anulado antes de ser
—los libros, los nietos, los caminos—
con giros y palabras
que igual pronunciaría en el más árido desierto.

Por más estoicas que sean sus previsiones
nada significan en tu argot
los amables gestos —incomprendidos siempre—
que mi ánimo intenta proponer.
Carente de emoción está tu vida, seca.
Desolada y fría está tu especie, recelosa del bien.
Como el arroz marchito antes del sol de su cosecha.
Como los capiteles muertos tras el paso de los siglos.
Así es mi miedo a perder por inacción
—o por ausencia elemental de forma y de sentido—
lo que siempre supe definir: lo más amado.
Así es el nervio de mi entrega.

Pero pasan los días y las noches
y otra vez los días marcados de la fiesta
sin que mi voz te encuentre preparada.

Para qué te sostiene, me pregunto, para qué.
Si la ciudad se expande y me seduce y canta.
Para qué se desgasta inútilmente
mi alma lamentable.





Variaciones en los pos(tres) para El Poeta de Cernuda


La edad tendrás entonces que él ahora
cuando en el tiempo de la siega y del reposo,
honores de un sosiego eterno que apacigua
—tu memoria, tu certeza, tu silencio—
algunos versos lleves a otras manos
para mostrar y hallar signo de vida.

Algo nos dirán, en el futuro, voces
ignoradas, descendientes de la palabra nuestra,
y las de extravagantes lenguas, cuyo acento
tentativas distantes nos revelan. Pues las cosas,
—la tierra, el mar, los árboles, la estrella—
eternas siempre permanecen.

Eternas y cambiantes, hasta que un día se omiten
de un plumazo en la expresión de estos poetas
—hijos o no de nuestra lengua, los más contemporáneos—
que infundan con nosotros,
por su obra, la sed, la incertidumbre
plena en todo el mundo visible e invisible.

Con dolor e irreverencia así aprendiste
que en torno el ser humano abjura de la imagen
misteriosa y divina de las cosas,
—y de ellos— a mirar inquieto, como
espejo múltiple, sin el cual la creación sería
vana hasta estallar su anhelo en los poetas.

Aquel tiempo vendrá, o tú vendrás,
mostrando una fiereza intemporal y antigua:
—adonde estarán ellos cuando tengas
la misma edad que hoy el Poeta tiene—
lo que tu sed recuerda y la suya busca,
habrás perdido entonces.


Escúchalo pues, que una palabra
amiga vale mucho
en esta soledad, en este breve espacio
de estar vivos, y nadie sino tú puede decirle:
—a aquel que te pregunta adónde y cómo vaga—
venga a estar en el origen de un mundo.

Para el poeta estar es lo bastante
e indiferente el crédito o aplauso hacia su entrega,
pues en él a cada instante se recrean,
—como uno son la tribu, el mito y la palabra—
las tres alegorías en tanto otro lugar dispersas:
la idea, el origen, y la voz.




Indice


Los pies desnudos
Desde el año de la noria
Noches de 1980
Tercera mirada a la sicología del poema
Desplazamientos
Partir
Los pies desnudos
La libertad es infinita. Sic
Toda una noche con la mano en el agua
¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
Estación de invierno
Toda la cabeza
De la ausencia y la noche
Calle G. 1982
Mujer gozando su desnudez
Sólo ardiendo
Un poco de amor en la mano izquierda
1983 no era un año triste
Mar Atlántico
Con el muro a la espalda
Fábula del hombre y la ciudad
Noches de 1985
Historia tan contada
Mientras arda el fuego
Yo también tuve un silencio
Cuando seas alguien
Vivo
El hombre prevalecerá sobre todas las angustias, dice William Faulkner
Márgenes
Viendo los autos pasar hacia Occidente
Ciudad de todos los domingos
El calibre de las armas
Lejos de la corriente
El quemante ojo de Romeo
Los tonos del ángel
Pérdida de la inocencia
Vicarias blancas
Valle de los reyes
Márgenes
Los textos escogidos
Bajo una luz muy blanca
Noches de 1990.
Un golpe de remo en el agua
Escrituras visibles
Cayo Perlas
Mientras sea posible
Idea de la rosa azul
un día en la blancura de minks
Gastadas imágenes de antaño
Dentro de mil o cincuenta años
Pisos húmedos
Habitaciones interiores
Uno de la ciudad
Lejos, en la baja gravedad
El frío de los años
Fin de siglo
Niebla de la crisis. Pequeño relato
Noches de 1995, 1996 y 1997
Imitación de Kavafis
Habitaciones interiores
Amargo palimpsesto de la muerte
Única premonición
Semana
La apariencia gris de la ceniza
En la puerta del teatro
En el borde del proscenio
Una pregunta es una pregunta es una pregunta
es una ventana que se abre
La luna eclipsa
El tiempo blanco
Corte de luz
Nosotros mismos
Antes del Big Crunch
El doble dolor
Ayer, mientras leía a Borges
Los pos(tres)
Una mano en el traspié
Vitalidades carentes de provecho
Variaciones en los pos(tres) para El Poeta de Cernuda




Edel Morales (Cabaiguán, 1961) Escritor y promotor cultural. Ha publicado los poemarios Viendo los autos pasar hacia Occidente, 1994, y Escrituras visibles, 1999. Seleccionó y prologó el catálogo de jóvenes poetas cubanos Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, 2000, todos por la editorial Letras Cubanas. En el 2002 la editorial canaria Globo publicó su poemario Lejos de la corriente, corregido y aumentado para la edición de Unión en el 2004. Obtuvo, entre otros, los premios Revolución y Cultura, 13 de marzo y Razón de Ser. Sus textos aparecen en antologías y en publicaciones periódicas de la isla y de otros países. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Ha impartido conferencias y realizado lecturas en Cuba, España, Venezuela, Argentina, Puerto Rico, México, Estados Unidos y Alemania. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Es director fundador de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba y del Centro Cultural Dulce María Loynaz.

edelmorales@loynaz.cult.cu

3 comentarios:

Llave maestra dijo...

Tu poesía es hermosa y volatil. Tengo los ojos llenos de arena.

Albem Fuentes dijo...

gracias, nora, por la lectura tan cercana, un beso en esos ojos,
edel

cielah dijo...

leí porque algún día tenía que leerlo Cayo Perlas...y me quedé ahí entre la luz y la sombra en un rincón silenciada de repente por tu voz que llega a mi y me toca...
ciela