jueves, 29 de noviembre de 2007

Historia tan contada (Lejos de la corriente, Edel Morales)

Yanelys Encinosa Cabrera



Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
hay este minuto de preguntarse la vida,
este temblor en las terrazas,
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de los muros.

La vida sigue siendo(…)
una levitación palpable en la memoria.

“El quemante ojo de Romeo”
Edel Morales


La poesía invita, invade, habita, como espejo. El autor es graduado de la carrera de Historia de la Universidad de la Habana. Habituado a buscar en los anales del pasado las causas, las formas del presente, complicita a la poesía en esa vocación de vidente, revisor, previsor perpetuo. Se vale de ella para volver sobre la historia, más que la estudiada, la vivida, y a veces ambas en una misma. El poemario Lejos de la corriente es confesión autobiográfica, pero también historia inconclusa, incumplida, soñada, vida por hacer.

Remembrar la infancia me despierta la felicidad que amasaba en el calor de mi abuela, en la música de los dedos de mi padre, en la responsabilidad como alumna de mamá y en abrazar la difícil ternura de ser hermana mayor. La niñez transcurrió sin recuerdos de muertes, las que hubo fueron concientizadas después, tras tardías narraciones de los mayores. Sólo empañaba la blancura de mis noches el temor de los años caídos sobre el pelo de mi abuela.

El golpe de la Parca me asaltó en la juventud, cuando ya descansaba bajo el amparo de una esperanzadora trascendencia. Guardo la muerte de mi abuela como el paso feliz de su eternidad hacia Dios. Las “Vicarias blancas” de Alberto Edel Morales Fuentes tienen el poder de conmocionar esa plataforma.

Este sujeto lírico se debate entre el temor a una eternidad vacía, muerte como fatum último que fulmina cualquier esperanza (su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas), con vetas de existencialismo, y el resguardo de una escatología consoladora, la fe en la vida de ultratumba como una existencia en la plenitud de Dios (entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios), próximo al trascendentalismo cristiano.

Las flores de Paulina Gutiérrez no sirvieron de excrescencia para alimentar la tierra del sepulcro, fueron guardadas como materia orgánica que daría cuerpo a la eternidad de un dolor de lobos en la carne de la infancia.

La vicaria, cargada de los atributos sanadores que le ha impreso la medicina popular, y la pureza que implica el adjetivo blanca, no sólo se erige en el texto como símbolo y unidad semántica que cohesiona el discurso poético desde el título mismo, también constituye el nexo entre los polos semánticos en oposición: las vicarias blancas devienen puente entre la vida y la muerte, la tierra y el cielo, la inmanencia y la trascendencia, lo perecedero de la vida humana y lo imperecedero en la eternidad de Dios.

La materia descompuesta de los restos de la abuela, su polvo, desciende a la tierra “entre vicarias blancas” (en la primera estrofa); más tarde (en la cuarta) asciende entre vicarias blancas su eternidad hacia Dios. El quiasmo que produce el sintagma “vicarias blancas” en las dos construcciones entre paréntesis (al final de la primera y al inicio de la segunda) contribuyen a mostrar formalmente esa cualidad de puente entre ‘tierra’ y su contrario ‘cielo’, que puede deducirse por la traslación simbólica de la idea de Dios. En las construcciones entre paréntesis se sintetizan las oposiciones mencionadas: su polvo (lo perecedero-lo inmanente) / su eternidad (lo imperecedero-lo trascendente).

El dolor de la madre experimenta también ese tránsito:

Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.

Aquí ‘tierra’ y ‘luz’ sintetizan la dualidad entre lo corruptible y lo eterno.

El dolor callado, sin una lágrima de la madre, sin palabras del sujeto lírico, esa resignación estoica ante el fatum y el consuelo de la trascendencia, me enjugan el recuerdo de mi abuela, que ya hubo de anunciar su eternidad.

La idea de la muerte puede aceptarse con resignación cuando se trata de quien ha vivido en longevidad, aún la pérdida de la madre; pero la del hijo es irreparable, incomprensible y en muchos casos inaceptable. “¿Quién ordena en este mundo el lamento de (una) mi madre?”. En este poema no hay cabida a estoicismo alguno, impera el reclamo, el gemido insoslayable como desgarramiento de las vestiduras ante la blasfemia o el dolor.

El sujeto lírico sufre las muertes como un golpe doble, aumentado por el reconocimiento del dolor materno. En “¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?” la resignación no alcanza a vestir el sufrimiento ante la muerte incomprensible del hermano. Se suman en el poema la herida del sujeto y el llanto de su madre, en voz de aquel, a quien asota la Parca como hermano y como hijo.

Aquí emerge la desesperación rebelde contra lo inefable: la interrogación impela con un reclamo visceral, como si buscara entre los lectores al culpable de tanta desgracia. No se acude al consuelo divino, pues si la muerte de la abuela fue entendida como un devenir natural de la finitud humana, la muerte del hermano, injusta, antinatural, ha sido fraguada por las ambiciones del hombre, que lucha contra sí mismo, marcado por la egolatría y el genésico deseo fatal de ser como Dios. Ya no es Dios quien ordena este mundo: se extiende una niebla, una noche de guerra; nuevos astros invaden el cielo: titila azul el satélite (de Cubavisión, de Correos Air) a lo lejos. No es el satélite natural que adornara la noche de un Neruda enamorado, la intertextualidad redimensiona el sentido, es la marca del ansia de gloria humana, capaz de rozar la inmensidad del cosmos, pretensión por la que se obran bienes y también grandes crímenes. Nótese el uso del pronombre demostrativo de proximidad ‘este’ que modifica a ‘mundo’. La inmediatez que imprime el pronombre supone un mundo cercano a la humanidad de la que participa el sujeto lírico. El individuo participa y sufre del mundo que su propia especie crea y destruye:

¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi madre?

Viene con dos lágrimas en cada mano plural
y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”

La cita de Vallejo evoca los tiempos de la infante felicidad en los juegos con el hermano, acunados en la protección materna. En el recuerdo de la otrora complacencia se intuye la dualidad que signa el sufrimiento a lo largo de la pieza: el sujeto experimenta el gozo y el dolor como hermano y como hijo. La solución ante la angustia no es permanecer en la revivificación del pasado (no tardarás) como en el poema “A mi hermano Miguel”, por el jardín y en cada laja del patio ha pasado irredimible el tiempo, no queda más que aceptar el presente y tratar de entender la aplastante realidad:

(...) el mundo es un nicho cerrado, las horas
un juego cruel, el tiempo un lamento humano
- redondo y olvidado y cruel
y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.

Un simple nicho olvidado después de la explosión.

Esta descripción del mundo vuelve a recordar a César Vallejo. El mundo como nicho retoma el hueco de inmensa sepultura al que va a parar el Universo todo en “Los dados eternos”. Las horas son un juego cruel, como el de echar al azar con los dados la suerte del mundo, dado roído y ya redondo de tanto rodar , como el tiempo, lamento humano –(...) otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más. Pero a diferencia del peruano la muerte y el dolor humanos no son el resultado de la Circunstancia que supera el juego cruel entre Dios y el hombre, para el sujeto de “¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?” el sufrimiento individual es consecuencia de la acción exclusivamente humana: guerra explosión en Addis Abeba. Es este el zarpazo que le arrancó al hermano, al otro hijo de su madre.

El poema, inserto en el conjunto “Los pies desnudos”, es un argumento a la certeza que emerge de la pieza titular: No tengo nada. Para entrar en tierra santa, de la poesía, de la historia, de la vida, es necesaria la desnudez como oblación y respeto a la verdad. Alguien ha ordenado en este mundo el lamento de su madre; la inocencia, la rabia, la tristeza de niño frente al acero de las armas ; la soledad de la casa ; el largo silencio . Fiel a su manía de partir el niño que fue le azota el costado: se observa ante el espejo, se ahoga, duele mucho el silencio, la leyenda de puertas tapiadas ; es necesario develarse, rememorarse: ante la ausencia de un narrador que contara por él la inocencia de un niño frente al peso de la historia, ha de erigirse como narrador de sí mismo .

“Desde el año de la Noria” anuncia una verdad bisectriz: Yo, y el que ustedes imaginan fiero nos hemos visto antes. El libro es pues, esa anagnórisis, el autorreconocimiento del dolor, la felicidad, su vida observada con lente de médico que examina sus propias vísceras. Como en las márgenes del río, quizás más lejos de la corriente, el poeta se sienta sobre la piedra que su mano quiso y se escrutinia como un otro que irremediablemente vuelve y sigue siendo él mismo, en busca de quien fue, es y le falta por ser, no para esperar su nombre en la encuestas - pues para el poeta estar es lo bastante e indiferente el crédito o aplauso a su entrega -, sino para seguir en camino hacia otro resplandor , acaso el de un rey que gana su trono en la sangre.