jueves, 29 de noviembre de 2007

EL FUEGO DE LO ETERNO (Para presentar el libro Lejos de la corriente, de Edel Morales).

Julio Sánchez Chang.


Cuando en los días del año 1895 el noruego Edvard Munch se debatía ante el lienzo que luego tituló Melancolía, no imaginaba que 109 años después esa obra sería escogida para la cubierta del libro de poesía de un escritor cubano. Este detalle es importante a la hora de encontrarse con la obra de Edel Morales (Cabaiguán, 1961) recogida en su libro Lejos de la corriente porque de alguna manera la atmósfera serena de este cuadro, que enmascara, sin llegar a ocultar del todo, los firmes y sutiles movimientos, la certidumbre de las líneas y la imagen del pensador que se integra hasta que él mismo es también paisaje y viceversa, viene a ser una especie de antesala para llegar hasta los versos del poeta donde encuentra profundas resonancias. En el pequeño preámbulo Edel nos dice:
Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
Saberlo así, de primera mano, confiere a la selección una dimensión otra, pues no interviene la mano de un ente ajeno, es el propio autor quien hurga en sus sajaduras y escoge, para presentarse ante el lector con toda la limpieza de alma que exige un acto de tal envergadura.
Perteneciente a la generación de los ochenta, que irrumpió con fuerza en el entramado literario de la Nación, Edel se distingue por ser de los que sin dejar de corresponder al yo colectivo, decidió ser él mismo, y al cabo del tiempo: encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen. A no dudarlo lo ha logrado.
Saber que Somos únicamente peces regados por la crecida no es la repetición mecánica de un pensamiento vulgar, es la expresión de una madurez alcanzada por la suma de vivencias felices y desgarradoras a las que el hombre se ha enfrentado y le sirve como herramienta para seguir viviendo. Esta madurez acompaña a los textos y se revela más en el siguiente paso hasta llegar a una costosa interrogante: ¿Tan solo será la vida / un tiempo posible? Estos dos son los márgenes de la corriente sobre la que anda con paso seguro Edel Morales, alejado de todo el conformismo que algunos “con alma de ánfora en cuerpo de cántaro” –como diría Mañach- pudieran intuir; vibraciones hay, en estos versos, suficientes para desmentir cualquier otra postura que no sea la de la agitación desde el fondo, la del ascenso Con los dedos subiendo al despeñadero, / hasta desnudar la rojez de la brasa; sin hacer concesiones, sin facilismos, defendiendo una estética que desdeña toda superficie y se va a la hondura logrando, sin torceduras ni amaneramientos ni trampas, equiparar la desnudez con la verdad. Alejado de todo espíritu altisonante, el poeta no teme a la edad de las palabras, suyas son en tanto las usa sin prejuicios discriminantes y muchas recuperan su medular sentido al entretejerse en el cosmos discursivo que nos entrega. Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. Dicho de este modo, percibimos, en el sustrato, una velada confesión de que lo primero, lo verdaderamente real para este poeta es la búsqueda del conocimiento y la comprensión del mundo y de sí mismo. Así, cuando nos enfrentamos a la lectura de este poemario fruto de una esmerada decantación –parte sustancial de la misma búsqueda-, logramos aproximarnos al alma del poeta y nos regocijamos de saber que estamos junto a él ante La crudeza y la claridad / que dan a las cosas comunes / el fuego de lo eterno.



Manzanillo, junio y 2006