Fernando Sánchez Zinny
En verdad, no sé quien es Edel Morales, pero basta con expresar algo tan sencillo para sentir que se está hablando con la liviandad propia de una conversación del momento. En efecto, no sé quién es, no lo sé biográficamente y tampoco lo he tratado. Pero ocurre que desde un punto de vista más reflexivo y más humano sé bien lo que es: es un poeta genuino y trascendente. Saber esto ya es saber bastante y entraña la certeza de conocer a quién está atrás o a lado de ese poeta, pudiendo ser acaso gratificante en cuanto a tratar a una persona con seguridad interesante, no añadirá gran cosa acerca de lo que realmente importa y que en este libro se personifica cabalmente, como es la decidida asunción, por parte de alguien, de una clara y fuerte voz poética.
Por las fechas y títulos que figuran, se deduce que la presente obra de este poeta cubano nacido en 1961 reúne 25 años de labor, trayecto que denotan modulaciones diversas: lo existencial, lo vivencial, lo literario, los viajes del cuerpo y del sentimiento, y aun la ingeniosidad, se suman en un conjunto rico y multánime. con visos de compilación pero dentro de una ejemplar unidad de sentido y de aspiración. De las referencias imprecisas extraigo que vive o ha vivido entre nosotros. En tanto, las precisas circunstancias de los poemas revelan, con meridiana claridad, la determinación de alguien que sabe y quiere balancear de modo estricto su obra entre la prudencia expresiva y la intensidad conceptual. El de Morales es un manejo que de procura ser literario y que presta enorme atención al desarrollo de los períodos, a la conclusión de los temas, al delicado crescendo en que suelen finalizar estrofas y poemas; en fin, a una especie de contención clásica por lo común ajena a la facilidad emotiva. Hay destinos y el de este poeta parece ser, abiertamente, un destino en las letras, aceptado con devoción y exacto entendimiento de los limites, que a veces se manifiesta sentencioso: “Cuando termine el silencio habrá nuevas voces”. Y otras, elusivo “Todo se oculta frente a la claridad de este instante. / Y aun asi, vuelves a estar de espaldas a la puerta”. Pero de pronto la voz queda como transida y el literato toca los extremos del hombre. Entonces dice: “Que la tristeza no me impulse hacia el mar. / Costas de La Habana, abiertas / en los días de invierno de mil novecientos noventa, / que la tristeza no me obligue a ser otro...” O cuando lúcidamente justifica el nombre del libro: “…traduzco para un amigo estos versos, / hechos con una rara claridad que los condena / y los aleja de cualquier estética al uso: / Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente...” Realmente, un poeta mayor y una obra de profundo significado.
jueves, 29 de noviembre de 2007
LA HUELLA EN LA ESPESURA (Para leer Lejos de la corriente, de Edel Morales)
Basilia Papastamatíu
Recién publicado por Ediciones UNIÓN, Lejos de la corriente reúne casi totalmente la poesía de Edel Morales, por lo que su lectura permite apreciar el rigor de su escritura. Porque no se desperdicia ni escribe con ligereza. Y aunque en buena parte de sus versos alude a temas cotidianos o de la intimidad, a vivencias efímeras o a una simple percepción del paisaje circundante, y con un lenguaje cercano, comunicativo, su poesía no se limita a impresiones de superficie. Quiere calar hondo, desentrañar e interpretar lo que está más allá de lo visible. Siempre una intención conceptual acompaña al efecto estético, nada es gratuito ni frívolo, todo aspira a significar.
A partir, entonces, de su propia historia, de su ámbito geográfico y familiar, desde su natal Cabaiguán hasta La Habana, en una aparente crónica poética, más que trazar un itinerario de su todavía joven existencia -ni siquiera de su experiencia sentimental -invita al lector a seguirlo en sus percepciones, en su indagación y búsqueda del sentido de todo lo que de alguna manera lo ha atraído, intrigado o estremecido. Su poesía va en pos del conocimiento, de la comprensión de la realidad que se le presenta o impone, de la verdadera naturaleza y lógica de los sucesos y las cosas, de pulsiones, móviles y esencias. Porque cree en el poder de intuición y de revelación de la poesía: ...miro a la gente que va y viene despacio junto al mar. / Y me pregunto con el muro a la espalda: ¿tan sólo será la vida / un tiempo posible?’
Por eso Morales no prefiere los interiores, las penumbras, los marcos cerrados, sino las claridades, la luminosidades, los espacios abiertos, libres, que le ayudarán a descubrir, como los esplendentes mares, la densa claridad de los trópicos, los cielos, los ríos, los puentes y los parques y calles de la ciudad, y muy en especial, las ventanas: …¿quién hizo más por el país? / Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero / y siento lo efímero de las verdades eternas... También: …Una ventana / es siempre una pregunta /--abierta hacia la luz sin sombras / que engendra el mediodía.
El poeta busca todo signo o señal en su entorno que lo pueda conducir a la verdad, a la posible luz al fondo del túnel de la existencia: ... nunca encontraste una premonición. / Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada / en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.
No por causalidad uno de sus libros se titula Escrituras visibles: …Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. El autor intenta hacer visible todo lo que significa: ... Voy por los museos / tras la huella de un pasado / que da sentido a esta hora, / busco en mi vida / el destello inconfundible / que anuncie el momento del cambio,/ la cegadora luz de entonces…
En sus textos hasta los cuerpos aparecen, se exponen preferentemente en su desnudez, o sea en su transparente verdad, sin velos que los oculten o disimulen: ... La felicidad adormece mi voz y luego se aleja, /mientras abro completamente desnudo la ventana / y miro. Y también: …En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.
Pero en su caso no se trata sólo de ver y de saber sino también de juzgar, de abordar el ya clásico tema de lo bueno y lo malo, hurgando en el comportamiento humano, en su razón moral, las posibles contradicciones o incoherencias entre el ser y el deber ser, para evitar que no nos agobie con su fatalismo eso que se ha denominado tan certeramente el sentimiento trágico de la vida. Y podamos entonces encontrarle a ésta una justificación detrás de su dramática apariencia: …Edades / para alcanzar al fin la gran inocencia / --en la vida y en la muerte / hicimos / lo que se esperaba / de nosotros: ... O cuando más adelante dice él mismo de sus versos: ... perdura en ellos la magia antigua del cazador, su fiebre por encontrar la huella en la espesura / su destino entre el bien y el mal. / Los acontecimientos se revelan demasiado visibles, / demasiado vergonzantes para una escritura / sumergida en el smog y en la frialdad / de la época contemporánea.
Y en ese buscar la luz de la conciencia, o ese sol del mundo moral -como diría Vitier-, su poesía también se debate entre dar claridad, transparente legibilidad a las palabras, o caer en la tentación de las atmósferas alusivas, del lenguaje simbólico tan propio de la poesía y del lenguaje hermenéutico. Pero Morales sale airoso en su difícil intento de conjugar las dos tendencias, atemperándolas y reconciliándolas en sus versos, y logrando dotar a éstos, a la vez, de elocuencia y misterio.
Recién publicado por Ediciones UNIÓN, Lejos de la corriente reúne casi totalmente la poesía de Edel Morales, por lo que su lectura permite apreciar el rigor de su escritura. Porque no se desperdicia ni escribe con ligereza. Y aunque en buena parte de sus versos alude a temas cotidianos o de la intimidad, a vivencias efímeras o a una simple percepción del paisaje circundante, y con un lenguaje cercano, comunicativo, su poesía no se limita a impresiones de superficie. Quiere calar hondo, desentrañar e interpretar lo que está más allá de lo visible. Siempre una intención conceptual acompaña al efecto estético, nada es gratuito ni frívolo, todo aspira a significar.
A partir, entonces, de su propia historia, de su ámbito geográfico y familiar, desde su natal Cabaiguán hasta La Habana, en una aparente crónica poética, más que trazar un itinerario de su todavía joven existencia -ni siquiera de su experiencia sentimental -invita al lector a seguirlo en sus percepciones, en su indagación y búsqueda del sentido de todo lo que de alguna manera lo ha atraído, intrigado o estremecido. Su poesía va en pos del conocimiento, de la comprensión de la realidad que se le presenta o impone, de la verdadera naturaleza y lógica de los sucesos y las cosas, de pulsiones, móviles y esencias. Porque cree en el poder de intuición y de revelación de la poesía: ...miro a la gente que va y viene despacio junto al mar. / Y me pregunto con el muro a la espalda: ¿tan sólo será la vida / un tiempo posible?’
Por eso Morales no prefiere los interiores, las penumbras, los marcos cerrados, sino las claridades, la luminosidades, los espacios abiertos, libres, que le ayudarán a descubrir, como los esplendentes mares, la densa claridad de los trópicos, los cielos, los ríos, los puentes y los parques y calles de la ciudad, y muy en especial, las ventanas: …¿quién hizo más por el país? / Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero / y siento lo efímero de las verdades eternas... También: …Una ventana / es siempre una pregunta /--abierta hacia la luz sin sombras / que engendra el mediodía.
El poeta busca todo signo o señal en su entorno que lo pueda conducir a la verdad, a la posible luz al fondo del túnel de la existencia: ... nunca encontraste una premonición. / Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada / en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.
No por causalidad uno de sus libros se titula Escrituras visibles: …Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. El autor intenta hacer visible todo lo que significa: ... Voy por los museos / tras la huella de un pasado / que da sentido a esta hora, / busco en mi vida / el destello inconfundible / que anuncie el momento del cambio,/ la cegadora luz de entonces…
En sus textos hasta los cuerpos aparecen, se exponen preferentemente en su desnudez, o sea en su transparente verdad, sin velos que los oculten o disimulen: ... La felicidad adormece mi voz y luego se aleja, /mientras abro completamente desnudo la ventana / y miro. Y también: …En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.
Pero en su caso no se trata sólo de ver y de saber sino también de juzgar, de abordar el ya clásico tema de lo bueno y lo malo, hurgando en el comportamiento humano, en su razón moral, las posibles contradicciones o incoherencias entre el ser y el deber ser, para evitar que no nos agobie con su fatalismo eso que se ha denominado tan certeramente el sentimiento trágico de la vida. Y podamos entonces encontrarle a ésta una justificación detrás de su dramática apariencia: …Edades / para alcanzar al fin la gran inocencia / --en la vida y en la muerte / hicimos / lo que se esperaba / de nosotros: ... O cuando más adelante dice él mismo de sus versos: ... perdura en ellos la magia antigua del cazador, su fiebre por encontrar la huella en la espesura / su destino entre el bien y el mal. / Los acontecimientos se revelan demasiado visibles, / demasiado vergonzantes para una escritura / sumergida en el smog y en la frialdad / de la época contemporánea.
Y en ese buscar la luz de la conciencia, o ese sol del mundo moral -como diría Vitier-, su poesía también se debate entre dar claridad, transparente legibilidad a las palabras, o caer en la tentación de las atmósferas alusivas, del lenguaje simbólico tan propio de la poesía y del lenguaje hermenéutico. Pero Morales sale airoso en su difícil intento de conjugar las dos tendencias, atemperándolas y reconciliándolas en sus versos, y logrando dotar a éstos, a la vez, de elocuencia y misterio.
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LEJOS DE LA CORRIENTE/ TODO VUELVE A SER EN SU PALABRA
Rigoberto Rodríguez Entenza
En número y peso ha crecido el panorama editorial cubano. Libros y feria, entre tanto, han aportado cuentas que tributan –menudencias aparte- al panorama literario de la isla, a su diversidad. De poesía hablando, la aparición de nuevos textos ha reconfigurado su –nuestro- mapa espiritual. Voces recién llegadas o ya conocidas nos anuncian el caudal de las noches y los días. Una de ellas es la de Edel Morales -Cabaiguán 1961- quien con su libro Lejos de la corriente, Ediciones Unión 2004, confirma el hondo aliento de la poesía nacida En las pequeñas ciudades del centro de Cuba. Con dicha muestra, Morales se atreve a decirnos el origen de sus conjeturas, a revelar en un solo texto su itinerario afectivo y estético. Desde la pequeña ciudad, las calles, habitualmente bulliciosas y dulces, atravesando los encuentros con amigos, ciudades, mares, con la certeza del tiempo, de la nada que seremos luego de mil o cincuenta años, el poeta nos revela su historia en el universo; con una sutil coherencia dialéctica, sus temas se deslizan por el hombre y el complejísimo macrocosmos que habita.
Es cierto que convivimos con múltiples visiones poéticas, las que van desde el más fervoroso, auténtico, registro tradicional, (Tu voz está sobre mi cuerpo –le hace bien a mi cuerpo/ la claridad de tu voz/ en la penumbra de estos años) hasta posiciones vanguardistas, dígase contemporáneas. (En ese caos preciso un instante –La Habana, año noventa/ y sucesivos –y traduzco para un amigo estos versos:/ hechos con una rara claridad que los condena/ y los aleja de cualquier estética al uso./ Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.) Pero también es visible la intención de individualizar, desde los preceptos de lo uno y lo diverso; la preceptiva de Morales se acentúa en el ser de hoy. El poeta, este que creo cercano, ha puesto su anécdota en el intento; su voz viene desde los primeros viajes, desde la certeza de Los estudiantes [que] se han marchado a descubrir el mundo/ y una paz, una extraña y larga ausencia,/ llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios. Luego llegamos con él a –ciudades que invitan a vivir otra vida/ en calles trazadas para el ejercicio del goce y el amor. En estos poemas, cerca del ojo del huracán, de la verdad central de las palabras, el ser vive aferrado a sus pasos, a su destino, entre el bien y el mal. Así acepta que El universo expande la finitud de sus cuerdas. Su voz es su puerta misma, la que se abre y se cierra eternamente, como el péndulo.
Aquí hablamos de un verso que se azota a sí mismo; de un lado se alarga, se busca en un paisaje interior sombrío y del otro se calma, incide, recompone, juega ajedrez sobre un mundo que puede ser cambiado, un mundo aparente, consumado, consumido, en la realidad que crea y recrea. Edel es un explorador de sí mismo; su poesía va paso a paso y en ese ascenso medita y resume; todo vuelve a ser en su palabra, todo adquiere un destino inédito. Pareciera que cada instante se revela por primera vez. El pasado se convierte en el futuro de su poema. Estamos, no allí, sino en ese otro espacio, en ese momento en que nuestro espíritu saltará de sí, explotará y sus pedazos más leves entrarán nuevamente a ese laberinto que es visitado por el místico. Se trata, valga apuntarlo, de poemas que aún siendo independientes conservan -lo he escrito antes- una unidad evolutiva; su cosmovisión y sus cavilaciones en cuanto a la poesía se ven aquí como en un libro de historia, la historia misma que él concibe. La aparición de una arquitectura lingüística renovada, de signos que se incorporan para nuevos matices, la cambiante manera de su sintaxis, son pautas que nos ubican ante una obra que crece sobre sí y lo que es más importante, entre la tradición literaria cubana, como el paso del mulo en el abismo. Edel Morales, forma parte de un grupo que tomó fuerzas en la segunda mitad de los ochenta y que hoy ya da señales ineludibles. Llena es de gracia la nación que pueda distinguirse con autores como los que en Cuba hablan hoy. Llena es de gracia, por estos versos -escritos para precisar un instante-.
En número y peso ha crecido el panorama editorial cubano. Libros y feria, entre tanto, han aportado cuentas que tributan –menudencias aparte- al panorama literario de la isla, a su diversidad. De poesía hablando, la aparición de nuevos textos ha reconfigurado su –nuestro- mapa espiritual. Voces recién llegadas o ya conocidas nos anuncian el caudal de las noches y los días. Una de ellas es la de Edel Morales -Cabaiguán 1961- quien con su libro Lejos de la corriente, Ediciones Unión 2004, confirma el hondo aliento de la poesía nacida En las pequeñas ciudades del centro de Cuba. Con dicha muestra, Morales se atreve a decirnos el origen de sus conjeturas, a revelar en un solo texto su itinerario afectivo y estético. Desde la pequeña ciudad, las calles, habitualmente bulliciosas y dulces, atravesando los encuentros con amigos, ciudades, mares, con la certeza del tiempo, de la nada que seremos luego de mil o cincuenta años, el poeta nos revela su historia en el universo; con una sutil coherencia dialéctica, sus temas se deslizan por el hombre y el complejísimo macrocosmos que habita.
Es cierto que convivimos con múltiples visiones poéticas, las que van desde el más fervoroso, auténtico, registro tradicional, (Tu voz está sobre mi cuerpo –le hace bien a mi cuerpo/ la claridad de tu voz/ en la penumbra de estos años) hasta posiciones vanguardistas, dígase contemporáneas. (En ese caos preciso un instante –La Habana, año noventa/ y sucesivos –y traduzco para un amigo estos versos:/ hechos con una rara claridad que los condena/ y los aleja de cualquier estética al uso./ Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.) Pero también es visible la intención de individualizar, desde los preceptos de lo uno y lo diverso; la preceptiva de Morales se acentúa en el ser de hoy. El poeta, este que creo cercano, ha puesto su anécdota en el intento; su voz viene desde los primeros viajes, desde la certeza de Los estudiantes [que] se han marchado a descubrir el mundo/ y una paz, una extraña y larga ausencia,/ llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios. Luego llegamos con él a –ciudades que invitan a vivir otra vida/ en calles trazadas para el ejercicio del goce y el amor. En estos poemas, cerca del ojo del huracán, de la verdad central de las palabras, el ser vive aferrado a sus pasos, a su destino, entre el bien y el mal. Así acepta que El universo expande la finitud de sus cuerdas. Su voz es su puerta misma, la que se abre y se cierra eternamente, como el péndulo.
Aquí hablamos de un verso que se azota a sí mismo; de un lado se alarga, se busca en un paisaje interior sombrío y del otro se calma, incide, recompone, juega ajedrez sobre un mundo que puede ser cambiado, un mundo aparente, consumado, consumido, en la realidad que crea y recrea. Edel es un explorador de sí mismo; su poesía va paso a paso y en ese ascenso medita y resume; todo vuelve a ser en su palabra, todo adquiere un destino inédito. Pareciera que cada instante se revela por primera vez. El pasado se convierte en el futuro de su poema. Estamos, no allí, sino en ese otro espacio, en ese momento en que nuestro espíritu saltará de sí, explotará y sus pedazos más leves entrarán nuevamente a ese laberinto que es visitado por el místico. Se trata, valga apuntarlo, de poemas que aún siendo independientes conservan -lo he escrito antes- una unidad evolutiva; su cosmovisión y sus cavilaciones en cuanto a la poesía se ven aquí como en un libro de historia, la historia misma que él concibe. La aparición de una arquitectura lingüística renovada, de signos que se incorporan para nuevos matices, la cambiante manera de su sintaxis, son pautas que nos ubican ante una obra que crece sobre sí y lo que es más importante, entre la tradición literaria cubana, como el paso del mulo en el abismo. Edel Morales, forma parte de un grupo que tomó fuerzas en la segunda mitad de los ochenta y que hoy ya da señales ineludibles. Llena es de gracia la nación que pueda distinguirse con autores como los que en Cuba hablan hoy. Llena es de gracia, por estos versos -escritos para precisar un instante-.
DE LA MEMORIA AL ORDENADOR (Leyendo los poemas de Lejos de la corriente, de Edel Morales)
Amado del Pino
Lo he dicho otras veces: la poesía, el verso, el poder fascinante de la palabra me llegaron primero por los oídos y la memoria. Ya en la treintena me sorprendió ver un tomo con las décimas de “Camilo y Estrella”. Esas estrofas de Chanito Isidrón pertenecían, desde mi experiencia, al mundo de lo plenamente oral. Mi tía Miriam cuenta cómo mi padre le mal cantó la novela rimada en un largo viaje a caballo.
Los poetas de Tamarindo no han sido muy musicales, aunque adoran a los mejores repentistas. Recuerdo las libretas de décimas, celosamente guardadas y hasta asistir a la lectura colectiva de alguna carta rimada que intercambiaban con sus colegas de Yaguajay o Mayajigua, pueblos con nombres de resonancia indígena y abundante cosecha de versos. Por esa zona de la antigua provincia de Las Villas, centro del país, tierra de parrandas y cantares, nació Edel Morales, uno de nuestros mejores poetas actuales que me acaba de hacer un precioso regalo, provocando un cambio radical en el soporte del verso. Ya sé que leer en la pantalla del ordenador puede perjudicar la vista y acarrear otros desmanes, pero desde el cuartico (no igualito sino cada vez más atestado de libros) que comparto con Tania en casa de sus padres, no resulta fácil leer en papel y la mejor silla; el silencio más propicio se ubica frente a la computadora. Entonces los hondos y a la vez leves poemas de Edel se deslizaron ante mis ojos como si nunca hubiesen sido pensados para otro formato. Voto por la permanencia del libro, pero la página impresa lleva su sillón, mejor aún si es un portal sereno. El libro que se guarda en cajas enmohece y es devorado por los insectos, antes de que puedas estibar la carga y entrar al mundo mágico de la lectura.
Morales habla de temas eternos y a la vez concretos. Persigue y se le escapan muchachas; supone, espera, se contiene, grita y añora desde un ritmo dulce, que deja pasar las pasiones sin neurosis ni aspavientos. Y afuera la telenovela, mosquitos que zumban, una vecina que entera al barrio de sus desavenencias conyugales, pero sigo frente a la pantalla de trabajo, protegido por la cara de hombre ocupado. Además no tengo ni que cambiar la página, estos versos trémulos, íntimos, desnudos van bajando mientras pulso y acompaño al poeta. Creo que si vuelvo a escribir poesía lo haré también en el ordenador, aunque parezca frío y demasiado tecnológico. Mi letra es horrible y la máquina de escribir —que tanto amé— se me escapó hacia el universo intangible de la nostalgia. Además, aquí, en las teclas de la computación es fácil escribir, tentación nefasta para los abundosos; pero también resulta simple y cómodo borrar, esa acción tan noble para los que aspiramos a la mejor literatura.
Lo he dicho otras veces: la poesía, el verso, el poder fascinante de la palabra me llegaron primero por los oídos y la memoria. Ya en la treintena me sorprendió ver un tomo con las décimas de “Camilo y Estrella”. Esas estrofas de Chanito Isidrón pertenecían, desde mi experiencia, al mundo de lo plenamente oral. Mi tía Miriam cuenta cómo mi padre le mal cantó la novela rimada en un largo viaje a caballo.
Los poetas de Tamarindo no han sido muy musicales, aunque adoran a los mejores repentistas. Recuerdo las libretas de décimas, celosamente guardadas y hasta asistir a la lectura colectiva de alguna carta rimada que intercambiaban con sus colegas de Yaguajay o Mayajigua, pueblos con nombres de resonancia indígena y abundante cosecha de versos. Por esa zona de la antigua provincia de Las Villas, centro del país, tierra de parrandas y cantares, nació Edel Morales, uno de nuestros mejores poetas actuales que me acaba de hacer un precioso regalo, provocando un cambio radical en el soporte del verso. Ya sé que leer en la pantalla del ordenador puede perjudicar la vista y acarrear otros desmanes, pero desde el cuartico (no igualito sino cada vez más atestado de libros) que comparto con Tania en casa de sus padres, no resulta fácil leer en papel y la mejor silla; el silencio más propicio se ubica frente a la computadora. Entonces los hondos y a la vez leves poemas de Edel se deslizaron ante mis ojos como si nunca hubiesen sido pensados para otro formato. Voto por la permanencia del libro, pero la página impresa lleva su sillón, mejor aún si es un portal sereno. El libro que se guarda en cajas enmohece y es devorado por los insectos, antes de que puedas estibar la carga y entrar al mundo mágico de la lectura.
Morales habla de temas eternos y a la vez concretos. Persigue y se le escapan muchachas; supone, espera, se contiene, grita y añora desde un ritmo dulce, que deja pasar las pasiones sin neurosis ni aspavientos. Y afuera la telenovela, mosquitos que zumban, una vecina que entera al barrio de sus desavenencias conyugales, pero sigo frente a la pantalla de trabajo, protegido por la cara de hombre ocupado. Además no tengo ni que cambiar la página, estos versos trémulos, íntimos, desnudos van bajando mientras pulso y acompaño al poeta. Creo que si vuelvo a escribir poesía lo haré también en el ordenador, aunque parezca frío y demasiado tecnológico. Mi letra es horrible y la máquina de escribir —que tanto amé— se me escapó hacia el universo intangible de la nostalgia. Además, aquí, en las teclas de la computación es fácil escribir, tentación nefasta para los abundosos; pero también resulta simple y cómodo borrar, esa acción tan noble para los que aspiramos a la mejor literatura.
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EL FUEGO DE LO ETERNO (Para presentar el libro Lejos de la corriente, de Edel Morales).
Julio Sánchez Chang.
Cuando en los días del año 1895 el noruego Edvard Munch se debatía ante el lienzo que luego tituló Melancolía, no imaginaba que 109 años después esa obra sería escogida para la cubierta del libro de poesía de un escritor cubano. Este detalle es importante a la hora de encontrarse con la obra de Edel Morales (Cabaiguán, 1961) recogida en su libro Lejos de la corriente porque de alguna manera la atmósfera serena de este cuadro, que enmascara, sin llegar a ocultar del todo, los firmes y sutiles movimientos, la certidumbre de las líneas y la imagen del pensador que se integra hasta que él mismo es también paisaje y viceversa, viene a ser una especie de antesala para llegar hasta los versos del poeta donde encuentra profundas resonancias. En el pequeño preámbulo Edel nos dice:
Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
Saberlo así, de primera mano, confiere a la selección una dimensión otra, pues no interviene la mano de un ente ajeno, es el propio autor quien hurga en sus sajaduras y escoge, para presentarse ante el lector con toda la limpieza de alma que exige un acto de tal envergadura.
Perteneciente a la generación de los ochenta, que irrumpió con fuerza en el entramado literario de la Nación, Edel se distingue por ser de los que sin dejar de corresponder al yo colectivo, decidió ser él mismo, y al cabo del tiempo: encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen. A no dudarlo lo ha logrado.
Saber que Somos únicamente peces regados por la crecida no es la repetición mecánica de un pensamiento vulgar, es la expresión de una madurez alcanzada por la suma de vivencias felices y desgarradoras a las que el hombre se ha enfrentado y le sirve como herramienta para seguir viviendo. Esta madurez acompaña a los textos y se revela más en el siguiente paso hasta llegar a una costosa interrogante: ¿Tan solo será la vida / un tiempo posible? Estos dos son los márgenes de la corriente sobre la que anda con paso seguro Edel Morales, alejado de todo el conformismo que algunos “con alma de ánfora en cuerpo de cántaro” –como diría Mañach- pudieran intuir; vibraciones hay, en estos versos, suficientes para desmentir cualquier otra postura que no sea la de la agitación desde el fondo, la del ascenso Con los dedos subiendo al despeñadero, / hasta desnudar la rojez de la brasa; sin hacer concesiones, sin facilismos, defendiendo una estética que desdeña toda superficie y se va a la hondura logrando, sin torceduras ni amaneramientos ni trampas, equiparar la desnudez con la verdad. Alejado de todo espíritu altisonante, el poeta no teme a la edad de las palabras, suyas son en tanto las usa sin prejuicios discriminantes y muchas recuperan su medular sentido al entretejerse en el cosmos discursivo que nos entrega. Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. Dicho de este modo, percibimos, en el sustrato, una velada confesión de que lo primero, lo verdaderamente real para este poeta es la búsqueda del conocimiento y la comprensión del mundo y de sí mismo. Así, cuando nos enfrentamos a la lectura de este poemario fruto de una esmerada decantación –parte sustancial de la misma búsqueda-, logramos aproximarnos al alma del poeta y nos regocijamos de saber que estamos junto a él ante La crudeza y la claridad / que dan a las cosas comunes / el fuego de lo eterno.
Manzanillo, junio y 2006
Cuando en los días del año 1895 el noruego Edvard Munch se debatía ante el lienzo que luego tituló Melancolía, no imaginaba que 109 años después esa obra sería escogida para la cubierta del libro de poesía de un escritor cubano. Este detalle es importante a la hora de encontrarse con la obra de Edel Morales (Cabaiguán, 1961) recogida en su libro Lejos de la corriente porque de alguna manera la atmósfera serena de este cuadro, que enmascara, sin llegar a ocultar del todo, los firmes y sutiles movimientos, la certidumbre de las líneas y la imagen del pensador que se integra hasta que él mismo es también paisaje y viceversa, viene a ser una especie de antesala para llegar hasta los versos del poeta donde encuentra profundas resonancias. En el pequeño preámbulo Edel nos dice:
Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
Saberlo así, de primera mano, confiere a la selección una dimensión otra, pues no interviene la mano de un ente ajeno, es el propio autor quien hurga en sus sajaduras y escoge, para presentarse ante el lector con toda la limpieza de alma que exige un acto de tal envergadura.
Perteneciente a la generación de los ochenta, que irrumpió con fuerza en el entramado literario de la Nación, Edel se distingue por ser de los que sin dejar de corresponder al yo colectivo, decidió ser él mismo, y al cabo del tiempo: encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen. A no dudarlo lo ha logrado.
Saber que Somos únicamente peces regados por la crecida no es la repetición mecánica de un pensamiento vulgar, es la expresión de una madurez alcanzada por la suma de vivencias felices y desgarradoras a las que el hombre se ha enfrentado y le sirve como herramienta para seguir viviendo. Esta madurez acompaña a los textos y se revela más en el siguiente paso hasta llegar a una costosa interrogante: ¿Tan solo será la vida / un tiempo posible? Estos dos son los márgenes de la corriente sobre la que anda con paso seguro Edel Morales, alejado de todo el conformismo que algunos “con alma de ánfora en cuerpo de cántaro” –como diría Mañach- pudieran intuir; vibraciones hay, en estos versos, suficientes para desmentir cualquier otra postura que no sea la de la agitación desde el fondo, la del ascenso Con los dedos subiendo al despeñadero, / hasta desnudar la rojez de la brasa; sin hacer concesiones, sin facilismos, defendiendo una estética que desdeña toda superficie y se va a la hondura logrando, sin torceduras ni amaneramientos ni trampas, equiparar la desnudez con la verdad. Alejado de todo espíritu altisonante, el poeta no teme a la edad de las palabras, suyas son en tanto las usa sin prejuicios discriminantes y muchas recuperan su medular sentido al entretejerse en el cosmos discursivo que nos entrega. Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. Dicho de este modo, percibimos, en el sustrato, una velada confesión de que lo primero, lo verdaderamente real para este poeta es la búsqueda del conocimiento y la comprensión del mundo y de sí mismo. Así, cuando nos enfrentamos a la lectura de este poemario fruto de una esmerada decantación –parte sustancial de la misma búsqueda-, logramos aproximarnos al alma del poeta y nos regocijamos de saber que estamos junto a él ante La crudeza y la claridad / que dan a las cosas comunes / el fuego de lo eterno.
Manzanillo, junio y 2006
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Historia tan contada (Lejos de la corriente, Edel Morales)
Yanelys Encinosa Cabrera
Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
hay este minuto de preguntarse la vida,
este temblor en las terrazas,
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de los muros.
La vida sigue siendo(…)
una levitación palpable en la memoria.
“El quemante ojo de Romeo”
Edel Morales
La poesía invita, invade, habita, como espejo. El autor es graduado de la carrera de Historia de la Universidad de la Habana. Habituado a buscar en los anales del pasado las causas, las formas del presente, complicita a la poesía en esa vocación de vidente, revisor, previsor perpetuo. Se vale de ella para volver sobre la historia, más que la estudiada, la vivida, y a veces ambas en una misma. El poemario Lejos de la corriente es confesión autobiográfica, pero también historia inconclusa, incumplida, soñada, vida por hacer.
Remembrar la infancia me despierta la felicidad que amasaba en el calor de mi abuela, en la música de los dedos de mi padre, en la responsabilidad como alumna de mamá y en abrazar la difícil ternura de ser hermana mayor. La niñez transcurrió sin recuerdos de muertes, las que hubo fueron concientizadas después, tras tardías narraciones de los mayores. Sólo empañaba la blancura de mis noches el temor de los años caídos sobre el pelo de mi abuela.
El golpe de la Parca me asaltó en la juventud, cuando ya descansaba bajo el amparo de una esperanzadora trascendencia. Guardo la muerte de mi abuela como el paso feliz de su eternidad hacia Dios. Las “Vicarias blancas” de Alberto Edel Morales Fuentes tienen el poder de conmocionar esa plataforma.
Este sujeto lírico se debate entre el temor a una eternidad vacía, muerte como fatum último que fulmina cualquier esperanza (su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas), con vetas de existencialismo, y el resguardo de una escatología consoladora, la fe en la vida de ultratumba como una existencia en la plenitud de Dios (entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios), próximo al trascendentalismo cristiano.
Las flores de Paulina Gutiérrez no sirvieron de excrescencia para alimentar la tierra del sepulcro, fueron guardadas como materia orgánica que daría cuerpo a la eternidad de un dolor de lobos en la carne de la infancia.
La vicaria, cargada de los atributos sanadores que le ha impreso la medicina popular, y la pureza que implica el adjetivo blanca, no sólo se erige en el texto como símbolo y unidad semántica que cohesiona el discurso poético desde el título mismo, también constituye el nexo entre los polos semánticos en oposición: las vicarias blancas devienen puente entre la vida y la muerte, la tierra y el cielo, la inmanencia y la trascendencia, lo perecedero de la vida humana y lo imperecedero en la eternidad de Dios.
La materia descompuesta de los restos de la abuela, su polvo, desciende a la tierra “entre vicarias blancas” (en la primera estrofa); más tarde (en la cuarta) asciende entre vicarias blancas su eternidad hacia Dios. El quiasmo que produce el sintagma “vicarias blancas” en las dos construcciones entre paréntesis (al final de la primera y al inicio de la segunda) contribuyen a mostrar formalmente esa cualidad de puente entre ‘tierra’ y su contrario ‘cielo’, que puede deducirse por la traslación simbólica de la idea de Dios. En las construcciones entre paréntesis se sintetizan las oposiciones mencionadas: su polvo (lo perecedero-lo inmanente) / su eternidad (lo imperecedero-lo trascendente).
El dolor de la madre experimenta también ese tránsito:
Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.
Aquí ‘tierra’ y ‘luz’ sintetizan la dualidad entre lo corruptible y lo eterno.
El dolor callado, sin una lágrima de la madre, sin palabras del sujeto lírico, esa resignación estoica ante el fatum y el consuelo de la trascendencia, me enjugan el recuerdo de mi abuela, que ya hubo de anunciar su eternidad.
La idea de la muerte puede aceptarse con resignación cuando se trata de quien ha vivido en longevidad, aún la pérdida de la madre; pero la del hijo es irreparable, incomprensible y en muchos casos inaceptable. “¿Quién ordena en este mundo el lamento de (una) mi madre?”. En este poema no hay cabida a estoicismo alguno, impera el reclamo, el gemido insoslayable como desgarramiento de las vestiduras ante la blasfemia o el dolor.
El sujeto lírico sufre las muertes como un golpe doble, aumentado por el reconocimiento del dolor materno. En “¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?” la resignación no alcanza a vestir el sufrimiento ante la muerte incomprensible del hermano. Se suman en el poema la herida del sujeto y el llanto de su madre, en voz de aquel, a quien asota la Parca como hermano y como hijo.
Aquí emerge la desesperación rebelde contra lo inefable: la interrogación impela con un reclamo visceral, como si buscara entre los lectores al culpable de tanta desgracia. No se acude al consuelo divino, pues si la muerte de la abuela fue entendida como un devenir natural de la finitud humana, la muerte del hermano, injusta, antinatural, ha sido fraguada por las ambiciones del hombre, que lucha contra sí mismo, marcado por la egolatría y el genésico deseo fatal de ser como Dios. Ya no es Dios quien ordena este mundo: se extiende una niebla, una noche de guerra; nuevos astros invaden el cielo: titila azul el satélite (de Cubavisión, de Correos Air) a lo lejos. No es el satélite natural que adornara la noche de un Neruda enamorado, la intertextualidad redimensiona el sentido, es la marca del ansia de gloria humana, capaz de rozar la inmensidad del cosmos, pretensión por la que se obran bienes y también grandes crímenes. Nótese el uso del pronombre demostrativo de proximidad ‘este’ que modifica a ‘mundo’. La inmediatez que imprime el pronombre supone un mundo cercano a la humanidad de la que participa el sujeto lírico. El individuo participa y sufre del mundo que su propia especie crea y destruye:
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi madre?
Viene con dos lágrimas en cada mano plural
y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”
La cita de Vallejo evoca los tiempos de la infante felicidad en los juegos con el hermano, acunados en la protección materna. En el recuerdo de la otrora complacencia se intuye la dualidad que signa el sufrimiento a lo largo de la pieza: el sujeto experimenta el gozo y el dolor como hermano y como hijo. La solución ante la angustia no es permanecer en la revivificación del pasado (no tardarás) como en el poema “A mi hermano Miguel”, por el jardín y en cada laja del patio ha pasado irredimible el tiempo, no queda más que aceptar el presente y tratar de entender la aplastante realidad:
(...) el mundo es un nicho cerrado, las horas
un juego cruel, el tiempo un lamento humano
- redondo y olvidado y cruel
y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.
Un simple nicho olvidado después de la explosión.
Esta descripción del mundo vuelve a recordar a César Vallejo. El mundo como nicho retoma el hueco de inmensa sepultura al que va a parar el Universo todo en “Los dados eternos”. Las horas son un juego cruel, como el de echar al azar con los dados la suerte del mundo, dado roído y ya redondo de tanto rodar , como el tiempo, lamento humano –(...) otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más. Pero a diferencia del peruano la muerte y el dolor humanos no son el resultado de la Circunstancia que supera el juego cruel entre Dios y el hombre, para el sujeto de “¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?” el sufrimiento individual es consecuencia de la acción exclusivamente humana: guerra explosión en Addis Abeba. Es este el zarpazo que le arrancó al hermano, al otro hijo de su madre.
El poema, inserto en el conjunto “Los pies desnudos”, es un argumento a la certeza que emerge de la pieza titular: No tengo nada. Para entrar en tierra santa, de la poesía, de la historia, de la vida, es necesaria la desnudez como oblación y respeto a la verdad. Alguien ha ordenado en este mundo el lamento de su madre; la inocencia, la rabia, la tristeza de niño frente al acero de las armas ; la soledad de la casa ; el largo silencio . Fiel a su manía de partir el niño que fue le azota el costado: se observa ante el espejo, se ahoga, duele mucho el silencio, la leyenda de puertas tapiadas ; es necesario develarse, rememorarse: ante la ausencia de un narrador que contara por él la inocencia de un niño frente al peso de la historia, ha de erigirse como narrador de sí mismo .
“Desde el año de la Noria” anuncia una verdad bisectriz: Yo, y el que ustedes imaginan fiero nos hemos visto antes. El libro es pues, esa anagnórisis, el autorreconocimiento del dolor, la felicidad, su vida observada con lente de médico que examina sus propias vísceras. Como en las márgenes del río, quizás más lejos de la corriente, el poeta se sienta sobre la piedra que su mano quiso y se escrutinia como un otro que irremediablemente vuelve y sigue siendo él mismo, en busca de quien fue, es y le falta por ser, no para esperar su nombre en la encuestas - pues para el poeta estar es lo bastante e indiferente el crédito o aplauso a su entrega -, sino para seguir en camino hacia otro resplandor , acaso el de un rey que gana su trono en la sangre.
Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
hay este minuto de preguntarse la vida,
este temblor en las terrazas,
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de los muros.
La vida sigue siendo(…)
una levitación palpable en la memoria.
“El quemante ojo de Romeo”
Edel Morales
La poesía invita, invade, habita, como espejo. El autor es graduado de la carrera de Historia de la Universidad de la Habana. Habituado a buscar en los anales del pasado las causas, las formas del presente, complicita a la poesía en esa vocación de vidente, revisor, previsor perpetuo. Se vale de ella para volver sobre la historia, más que la estudiada, la vivida, y a veces ambas en una misma. El poemario Lejos de la corriente es confesión autobiográfica, pero también historia inconclusa, incumplida, soñada, vida por hacer.
Remembrar la infancia me despierta la felicidad que amasaba en el calor de mi abuela, en la música de los dedos de mi padre, en la responsabilidad como alumna de mamá y en abrazar la difícil ternura de ser hermana mayor. La niñez transcurrió sin recuerdos de muertes, las que hubo fueron concientizadas después, tras tardías narraciones de los mayores. Sólo empañaba la blancura de mis noches el temor de los años caídos sobre el pelo de mi abuela.
El golpe de la Parca me asaltó en la juventud, cuando ya descansaba bajo el amparo de una esperanzadora trascendencia. Guardo la muerte de mi abuela como el paso feliz de su eternidad hacia Dios. Las “Vicarias blancas” de Alberto Edel Morales Fuentes tienen el poder de conmocionar esa plataforma.
Este sujeto lírico se debate entre el temor a una eternidad vacía, muerte como fatum último que fulmina cualquier esperanza (su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas), con vetas de existencialismo, y el resguardo de una escatología consoladora, la fe en la vida de ultratumba como una existencia en la plenitud de Dios (entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios), próximo al trascendentalismo cristiano.
Las flores de Paulina Gutiérrez no sirvieron de excrescencia para alimentar la tierra del sepulcro, fueron guardadas como materia orgánica que daría cuerpo a la eternidad de un dolor de lobos en la carne de la infancia.
La vicaria, cargada de los atributos sanadores que le ha impreso la medicina popular, y la pureza que implica el adjetivo blanca, no sólo se erige en el texto como símbolo y unidad semántica que cohesiona el discurso poético desde el título mismo, también constituye el nexo entre los polos semánticos en oposición: las vicarias blancas devienen puente entre la vida y la muerte, la tierra y el cielo, la inmanencia y la trascendencia, lo perecedero de la vida humana y lo imperecedero en la eternidad de Dios.
La materia descompuesta de los restos de la abuela, su polvo, desciende a la tierra “entre vicarias blancas” (en la primera estrofa); más tarde (en la cuarta) asciende entre vicarias blancas su eternidad hacia Dios. El quiasmo que produce el sintagma “vicarias blancas” en las dos construcciones entre paréntesis (al final de la primera y al inicio de la segunda) contribuyen a mostrar formalmente esa cualidad de puente entre ‘tierra’ y su contrario ‘cielo’, que puede deducirse por la traslación simbólica de la idea de Dios. En las construcciones entre paréntesis se sintetizan las oposiciones mencionadas: su polvo (lo perecedero-lo inmanente) / su eternidad (lo imperecedero-lo trascendente).
El dolor de la madre experimenta también ese tránsito:
Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.
Aquí ‘tierra’ y ‘luz’ sintetizan la dualidad entre lo corruptible y lo eterno.
El dolor callado, sin una lágrima de la madre, sin palabras del sujeto lírico, esa resignación estoica ante el fatum y el consuelo de la trascendencia, me enjugan el recuerdo de mi abuela, que ya hubo de anunciar su eternidad.
La idea de la muerte puede aceptarse con resignación cuando se trata de quien ha vivido en longevidad, aún la pérdida de la madre; pero la del hijo es irreparable, incomprensible y en muchos casos inaceptable. “¿Quién ordena en este mundo el lamento de (una) mi madre?”. En este poema no hay cabida a estoicismo alguno, impera el reclamo, el gemido insoslayable como desgarramiento de las vestiduras ante la blasfemia o el dolor.
El sujeto lírico sufre las muertes como un golpe doble, aumentado por el reconocimiento del dolor materno. En “¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?” la resignación no alcanza a vestir el sufrimiento ante la muerte incomprensible del hermano. Se suman en el poema la herida del sujeto y el llanto de su madre, en voz de aquel, a quien asota la Parca como hermano y como hijo.
Aquí emerge la desesperación rebelde contra lo inefable: la interrogación impela con un reclamo visceral, como si buscara entre los lectores al culpable de tanta desgracia. No se acude al consuelo divino, pues si la muerte de la abuela fue entendida como un devenir natural de la finitud humana, la muerte del hermano, injusta, antinatural, ha sido fraguada por las ambiciones del hombre, que lucha contra sí mismo, marcado por la egolatría y el genésico deseo fatal de ser como Dios. Ya no es Dios quien ordena este mundo: se extiende una niebla, una noche de guerra; nuevos astros invaden el cielo: titila azul el satélite (de Cubavisión, de Correos Air) a lo lejos. No es el satélite natural que adornara la noche de un Neruda enamorado, la intertextualidad redimensiona el sentido, es la marca del ansia de gloria humana, capaz de rozar la inmensidad del cosmos, pretensión por la que se obran bienes y también grandes crímenes. Nótese el uso del pronombre demostrativo de proximidad ‘este’ que modifica a ‘mundo’. La inmediatez que imprime el pronombre supone un mundo cercano a la humanidad de la que participa el sujeto lírico. El individuo participa y sufre del mundo que su propia especie crea y destruye:
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi madre?
Viene con dos lágrimas en cada mano plural
y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”
La cita de Vallejo evoca los tiempos de la infante felicidad en los juegos con el hermano, acunados en la protección materna. En el recuerdo de la otrora complacencia se intuye la dualidad que signa el sufrimiento a lo largo de la pieza: el sujeto experimenta el gozo y el dolor como hermano y como hijo. La solución ante la angustia no es permanecer en la revivificación del pasado (no tardarás) como en el poema “A mi hermano Miguel”, por el jardín y en cada laja del patio ha pasado irredimible el tiempo, no queda más que aceptar el presente y tratar de entender la aplastante realidad:
(...) el mundo es un nicho cerrado, las horas
un juego cruel, el tiempo un lamento humano
- redondo y olvidado y cruel
y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.
Un simple nicho olvidado después de la explosión.
Esta descripción del mundo vuelve a recordar a César Vallejo. El mundo como nicho retoma el hueco de inmensa sepultura al que va a parar el Universo todo en “Los dados eternos”. Las horas son un juego cruel, como el de echar al azar con los dados la suerte del mundo, dado roído y ya redondo de tanto rodar , como el tiempo, lamento humano –(...) otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más. Pero a diferencia del peruano la muerte y el dolor humanos no son el resultado de la Circunstancia que supera el juego cruel entre Dios y el hombre, para el sujeto de “¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?” el sufrimiento individual es consecuencia de la acción exclusivamente humana: guerra explosión en Addis Abeba. Es este el zarpazo que le arrancó al hermano, al otro hijo de su madre.
El poema, inserto en el conjunto “Los pies desnudos”, es un argumento a la certeza que emerge de la pieza titular: No tengo nada. Para entrar en tierra santa, de la poesía, de la historia, de la vida, es necesaria la desnudez como oblación y respeto a la verdad. Alguien ha ordenado en este mundo el lamento de su madre; la inocencia, la rabia, la tristeza de niño frente al acero de las armas ; la soledad de la casa ; el largo silencio . Fiel a su manía de partir el niño que fue le azota el costado: se observa ante el espejo, se ahoga, duele mucho el silencio, la leyenda de puertas tapiadas ; es necesario develarse, rememorarse: ante la ausencia de un narrador que contara por él la inocencia de un niño frente al peso de la historia, ha de erigirse como narrador de sí mismo .
“Desde el año de la Noria” anuncia una verdad bisectriz: Yo, y el que ustedes imaginan fiero nos hemos visto antes. El libro es pues, esa anagnórisis, el autorreconocimiento del dolor, la felicidad, su vida observada con lente de médico que examina sus propias vísceras. Como en las márgenes del río, quizás más lejos de la corriente, el poeta se sienta sobre la piedra que su mano quiso y se escrutinia como un otro que irremediablemente vuelve y sigue siendo él mismo, en busca de quien fue, es y le falta por ser, no para esperar su nombre en la encuestas - pues para el poeta estar es lo bastante e indiferente el crédito o aplauso a su entrega -, sino para seguir en camino hacia otro resplandor , acaso el de un rey que gana su trono en la sangre.
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CUBA POESÍA,
edel morales,
lejos de la corriente,
Yanelys Encinosa Cabrera
LEJOS DE LA CORRIENTE.EDEL MORALES (CUBA). Percepciones sobre su poesía.
Hoy, mientras leo Lejos de la Corriente, Edel Morales (Cabaiguán, 1961) cubano, a quien conocí en forma personal hace sólo unos días, finales de 2005, y para complementar las percepciones que ya se vislumbraban al calor de la lectura, porque llueve y hay truenos a cierta distancia del mundo y uno se estremece quizás por el zumbido de la tormenta; quizás también por la envoltura de cada verso; una sobre otra, para vislumbrar una realidad que subyace debajo de una losa de mármol que vamos percibiendo a través del enlace de las muchas lecturas que tiene este libro, bellísimo por cierto, donde descansa la más honda poesía, cuna de lo triste, y que llegó como vienen las cosas bellas: de los dioses, porque no otra sensación es más acorde para los estremecimientos que nos produce su lectura, envuelta en la fina tristeza de la tarde a oscuras, porque es una tarde noche bajo el estruendo de las gotas sobre el tejado de la casa, y la palabra de Edel, va y viene, la percibo como que si no es lo que aparenta decirnos, sino lo que realmente dice, bajo el follaje y la manta protectora de la imagen, metáfora replegada sobre sí misma; que es como decir y no dice, pero nos dice mucho más de lo que quisiera decir, y uno la descubre y devela, y en todo caso no importa lo que sugiere este decir, sino la belleza del estilo que es el anclaje en el alma del lector y esto lo consigue Edel Morales, en este inolvidable libro: Lejos……………de la corriente, que por cierto no está lejos, sino muy cerca a un paso de las manos y que nos incita a plantearnos las hondas interrogantes que nos ofrece. Me acerco cautelosa a esa corriente que fluye, no por temor, sino por no despertar el ensueño que vive en las simas de sus aguas: una verdad Otra, la real: que no es sino la Verdad en sí misma.
Para OJO DE BUHO, una selección de poemas que fue difícil elegir porque todos merecen ser leídos, pero como Edel es “sencillo, sereno sin poses”, van unas palabras donde él inicia una presentación de Lejos de la Corriente: “A mi me complace, amigo lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen. Quisiera, por supuesto, que esa esencia permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando vuelvo a este poema: tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría/ el halo de luz/ la altiva belleza/ y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón/ Así debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta: Para Vivian, por amor”
Poemas del libro: LEJOS DE LA CORRIENTE
(Selección: Teresa Coraspe)
UNA MANO EN EL TRASPIÉ
He pensado en la muerte;
de un modo más preciso, en
morir _ un verbo minucioso,
apegado siempre
a lo real de la experiencia.
Cuando regresaba tarde a casa,
por las calles vacías,
he pensado mi muerte.
Fue ayer, digamos
ya casi un hoy sin sombras;
pero aún ahora
estrujo contra el rostro una mano crispada.
De nada valen los actos
durante tanto tiempo más o menos dedicados a servir
De nada valió amar con toda el alma.
Sin una mano en el traspié, sin una mirada
o una sencilla palabra de ánimo:
destruído, estoy y solo,
con mi verdad a cuestas.
Y nada pueden hacer las multitudes
a las que tantas veces puse en marcha.
Y nada puede la mujer que quise entera.
Vacía está la vida en la pobre ciudad vacía.
Con la mano crispada en el rostro he pensado en morir,
apenas ayer, hace un rato simplemente, digamos
ahora.
DENTRO DE MIL O CINCUENTA AÑOS
Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.
GASTADAS IMÁGENES DE ANTAÑO
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Para OJO DE BUHO, una selección de poemas que fue difícil elegir porque todos merecen ser leídos, pero como Edel es “sencillo, sereno sin poses”, van unas palabras donde él inicia una presentación de Lejos de la Corriente: “A mi me complace, amigo lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen. Quisiera, por supuesto, que esa esencia permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando vuelvo a este poema: tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría/ el halo de luz/ la altiva belleza/ y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón/ Así debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta: Para Vivian, por amor”
Poemas del libro: LEJOS DE LA CORRIENTE
(Selección: Teresa Coraspe)
UNA MANO EN EL TRASPIÉ
He pensado en la muerte;
de un modo más preciso, en
morir _ un verbo minucioso,
apegado siempre
a lo real de la experiencia.
Cuando regresaba tarde a casa,
por las calles vacías,
he pensado mi muerte.
Fue ayer, digamos
ya casi un hoy sin sombras;
pero aún ahora
estrujo contra el rostro una mano crispada.
De nada valen los actos
durante tanto tiempo más o menos dedicados a servir
De nada valió amar con toda el alma.
Sin una mano en el traspié, sin una mirada
o una sencilla palabra de ánimo:
destruído, estoy y solo,
con mi verdad a cuestas.
Y nada pueden hacer las multitudes
a las que tantas veces puse en marcha.
Y nada puede la mujer que quise entera.
Vacía está la vida en la pobre ciudad vacía.
Con la mano crispada en el rostro he pensado en morir,
apenas ayer, hace un rato simplemente, digamos
ahora.
DENTRO DE MIL O CINCUENTA AÑOS
Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.
GASTADAS IMÁGENES DE ANTAÑO
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
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